Curiosidad · Del catálogo de Margen
Movieron un edificio con 600 personas dentro trabajando

Indianápolis, otoño de 1930. El edificio de la Indiana Bell Telephone, ocho plantas de ladrillo y acero en el número 240 de North Meridian Street, estorbaba: la compañía telefónica quería levantar su sede nueva en ese mismo solar. Lo lógico era derribarlo, y dentro había seiscientas personas trabajando. No lo derribaron. Lo giraron noventa grados y lo mudaron media manzana con la gente dentro, sin que ninguno de los seiscientos perdiera una jornada de trabajo.
Debajo de esas seiscientas personas estaba además la central de conmutación que daba servicio telefónico a media ciudad, y no se podía apagar ni una tarde.
El trabajo lo dirigió el estudio de arquitectura de la ciudad, Vonnegut, Bohn & Mueller —el Vonnegut del rótulo era Kurt Vonnegut padre, el del novelista—, y por debajo la operación fue de albañilería bruta: cortar el edificio de sus cimientos, dejarlo descansando sobre una plataforma de vigas de madera y rodillos de acero, y empujarlo con gatos hidráulicos. Dieciséis metros hacia el sur, noventa grados de giro y otros treinta metros hacia el oeste. Unas once mil toneladas avanzando a treinta y ocho centímetros por hora, que es la longitud de un antebrazo cada sesenta minutos, y solo durante las horas en que los gatos empujaban. La obra entera duró treinta y cuatro días.
El agua, el gas, el desagüe, la electricidad y los cables de teléfono entraban al edificio por el suelo, y un tubo rígido con el edificio moviéndose encima se rompe. Cambiaron los tramos rígidos por conexiones flexibles, holgadas, y las fueron alargando a medida que el edificio se separaba de su propia acera. El ascensor, los retretes y la calefacción no se pararon ni una vez en las cinco semanas, en un otoño de Indiana.
Y quedaba el detalle más casero de todos: la puerta. Cada mañana la entrada principal amanecía a más de un metro de donde había estado la tarde anterior, así que una cuadrilla movía también la escalinata de acceso, día a día, para que los seiscientos empleados pudieran subir por unos escalones que llevaran a alguna parte. Los operadores de la central entraron a su turno todas las mañanas del mes.
Dentro no se notaba. El edificio avanzaba tan despacio que no llegaba ni vibración, ni ruido, ni objetos desplazándose por las mesas. La gente se enteraba del avance por la ventana, comparando la vista con la del día anterior, o por la escalinata nueva de la mañana.
En noviembre el edificio se detuvo. La fachada que había mirado a North Meridian Street miraba ahora a la calle de al lado, media manzana más allá; el solar liberado quedó listo para la sede nueva y la estructura no tuvo un solo daño que reparar.
En 1963, treinta y tres años después de aquel mes de gatos hidráulicos y escaleras portátiles, la Indiana Bell derribó el edificio que se había tomado la molestia de no derribar.