← Todas las lecturas

Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

El cese llevaba el número del parte que él firmó

Antes: el registrador de Fani midió 140 partes por millón junto a la litera de Lena. Sabino avisó del tubo por escrito en 2021.

Quedaban cinco días de gasóleo cuando Mercedes Arriaga pidió, por primera vez en siete días encerrada, que le abrieran un armario que no era suyo.

Lo pidió a las ocho y cuarto de la mañana, con el motor apagado desde el mediodía anterior, once grados bajo cero fuera y los nueve todavía envueltos en las mantas del desayuno. Mercedes tiene cincuenta y cinco años y fue jueza de paz de su valle durante diecinueve, hasta que se jubiló; lleva cinco días apuntando litros de gasóleo en la contraportada del libro de firmas porque fue lo único que se le ocurrió hacer el tercer día.

—Idoia, necesito el armario del guarda. El de la chapa verde, detrás del mostrador.

Idoia Bergara, treinta y nueve años, guarda de Iratxeta y enfermera de urgencias hasta 2019, estaba llenando de nieve el caldero grande. Dejó el caldero en el suelo.

—Ahí dentro están los libros de firmas desde 1986 y la correspondencia del club. No hay comida y no hay mantas.

—No busco comida. Busco un número.

Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de este mismo refugio desde 1991 hasta mayo de 2022, estaba sentado en el banco de la esquina con la manta térmica sobre las rodillas. No levantó la cabeza. Dijo el número entero, de corrido, como se dice una fecha que uno ha mirado muchas veces.

—Ref. barra cuarenta y siete barra dos mil veintiuno.

Mercedes dejó el lápiz de punta encima de la mesa larga.

—Repítalo.

—Cuarenta y siete, del año veintiuno. Iba en la esquina de arriba del cese, a la derecha, detrás de la palabra Ref. El papel tenía tres líneas: la fecha, que se me agradecían los servicios prestados y ese número.

—¿Y usted qué entendió?

—Que era el número del cese.

—No lo es —dijo Mercedes—. Ref. quiere decir referencia, y una referencia no numera el papel que la lleva: numera el papel al que contesta. Usted ha tenido desde 2022 en el bolsillo el número de otro documento y no lo ha sabido leer. Yo tampoco lo habría leído si no hubiera cobrado diecinueve años por leer papeles así.

Idoia sacó del bolsillo del delantal el manojo entero, buscó la llave plana y abrió el armario del guarda. En Iratxeta el único cuarto que se cierra con llave es el del generador; el único mueble, ese armario. Dentro hay cuatro estantes de chapa. En los dos de arriba, los libros de firmas cosidos por lomo y por años. En el tercero, cajas de cartón con los recibos de las pernoctaciones. En el de abajo, dos carpetas de gomas y los talonarios de partes de servicio, uno por año, de hojas autocopiativas, de tres colores: blanca para el club, rosa para el archivo del refugio, amarilla para quien firma.

—Los talonarios son míos hasta 2022 —dijo Sabino—. La rosa se queda aquí siempre, no baja nunca. Es la norma del club desde antes de que yo entrara.

Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, montañero y carpintero de ribera, llevaba dos días pidiendo bajar por donde fuese y hablando poco de lo demás. Habló desde la puerta.

—¿Y esto de qué nos sirve hoy? Hoy nos sirve el corredor.

—Hoy nos sirve saber si el club sabía lo del tubo antes que nosotros —dijo Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, hermana de Ramiro, que era la que dormía dentro de los ciento cuarenta y la que llevaba dos días con la voz más baja de lo suyo—. Porque si lo sabía, el día once no sube solo un helicóptero. Sube un helicóptero y, detrás, un abogado.

—Y porque hoy no podemos hacer nada más —dijo Mercedes—. Idoia dijo anoche que hoy no se baja, no se enciende y no se come caliente hasta la noche. Leer no gasta gasóleo.

Puso los talonarios en la mesa, abrió el del año en curso y empezó por la última hoja usada, hacia atrás. Las rosas van numeradas de imprenta en la esquina inferior, así que una hoja arrancada deja un salto que se ve; no faltaba ninguna. Leyó en voz alta el asunto de cada una, despacio, para que los nueve fueran bajando con ella por los años como se baja una escalera a oscuras: una gotera del porche, la sustitución de dos colchones, un aviso de cable pelado en el cuarto del generador, el reparto de leña del otoño.

En la hoja 12 de 2022, fechada el 4 de mayo, Sabino había escrito: «Traslado del material de mi propiedad. Entrego la llave de la puerta grande y el libro de firmas al club». Y debajo, en la casilla de observaciones, tres palabras: «Sin obra ejecutada».

Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube a Iratxeta el correo del club desde 1994 y baja lo que haya que bajar, estaba de pie junto al fogón con las manos en los bolsillos. Habló sin sacarlas.

—A primeros de mayo de aquel año te subí un sobre. Grande, de los de lengüeta, con el sello del club estampado en la solapa. Te lo di en el mostrador y no lo abriste delante de mí. Tres días después bajaste conmigo con una bolsa de deporte y un macuto, y no dijiste nada en cuatro horas de camino.

—Ese era el sobre —dijo Sabino.

Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club desde antes de que existiera el refugio nuevo, ha subido treinta inviernos a Iratxeta y esa mañana llevaba el gorro puesto dentro de la casa, como todas las mañanas. Se levantó del banco, fue hasta la mesa larga y estuvo un rato mirando los talonarios sin tocarlos.

—Yo estaba en la junta en 2022 —dijo—. Hasta diciembre.

Nadie dijo nada. Lena se sentó.

—No se votó ningún cese. Se votó una reorganización de los guardas de los tres refugios y se aprobó por asentimiento, en diez minutos, al final de una junta de tres horas. La llevó el vocal de material. Y ningún parte se leyó en voz alta, porque los partes no se leen en las juntas: se resumen. Yo no había visto un papel de estos en mi vida hasta hoy.

Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda, hijo de guía, se acercó a la mesa y preguntó lo único que ninguno de los adultos había preguntado todavía.

—Si esto se hace por triplicado, ¿dónde está la hoja blanca?

—En el club —dijo Sabino—. Registrada, con su número de entrada. Por escrito contestan siempre: son mil doscientos socios, no una cuadrilla.

Idoia Bergara escuchó eso, cogió el bolígrafo del mostrador y escribió en el libro de firmas, en la entrada del día, delante de todos: «08:20. Se abre el archivo del refugio a petición de M. Arriaga, delante de las nueve personas». Después le dijo a Aitor que apuntara también la hora en su cuaderno, el mismo en el que ayer anotó el arranque y el paro del motor mientras Fani medía.

—¿Para qué dos veces? —preguntó Aitor.

—Porque de aquí en adelante todo lo que hagamos lo va a leer alguien con estos papeles encima de la mesa —dijo Idoia—. Y quiero que se lea en el orden en que ha pasado.

Fani Quiroga, veintiocho años, geóloga, que subió a cambiar los sensores de la ladera y bajó de la litera de Lena el número que nadie discute desde ayer, seguía la cuenta por su lado, en voz baja, mirando las fechas y no a las personas.

—Del otoño de 2021 al martes del alud hay cuatro temporadas completas de gente durmiendo en el dormitorio pequeño con el viento del norte.

—Cinco —dijo Sabino—. Cuento el de 2021.

Mercedes había llegado ya al talonario de 2021 y no dijo nada durante un minuto entero. Pasó la hoja 49, del 14 de noviembre: cierre de la temporada alta, inventario de mantas, nada más. Pasó la 46, del 3 de octubre: avería del grupo de presión del agua, resuelta en dos días con una junta y una abrazadera.

Entre las dos estaban dos hojas rosas grapadas juntas, más gruesas que las demás porque llevaban algo detrás.

Fecha: 7 de noviembre de 2021. Firma: S. Amantegui, guarda. En la casilla del asunto, escrito a mano con letra de estar apoyado en el mostrador: «Solape del tubo de humos del generador, tramo bajo teja, vertiente de levante. Abierto. Urgente».

En la segunda hoja, la descripción, que Mercedes leyó entera y despacio porque le importaba que se oyera lo concreto: metro y sesenta desde el alero, el segundo codo, el solape abierto un dedo, la teja del canal rota por la esquina, el humo saliendo por el hueco y volviendo a entrar por la tejavana del dormitorio pequeño cuando el viento viene del norte. Pedía dos días de trabajo y material. Presupuestaba el material en ciento sesenta euros: tubo de doble pared, dos abrazaderas y un cartucho de masilla refractaria.

Grapada por detrás, una fotografía en papel de 10 por 15, revelada en una tienda, con el sello de la tienda y la fecha del revelado: 11 de noviembre de 2021. La fotografía es del solape, tomada desde el alero. Al lado del solape, para dar la escala, el dedo índice de un hombre.

—Cuarenta y siete barra dos mil veintiuno —dijo Mercedes, y puso el dedo en el número de imprenta de la esquina para que se viera bien—. Este es el expediente completo, y tiene dos papeles. Este, en el que el guarda Sabino Amantegui pide ciento sesenta euros y dos días para cerrar el tubo, con fecha del 7 de noviembre de 2021. Y el cese que le llegó casi seis meses después con el número de este papel en la esquina de arriba. Su despido está registrado como la contestación a esto. En medio no hay nada.