
En el año 578, el príncipe Shōtoku hizo venir del reino coreano de Baekje a un carpintero llamado Shigemitsu Kongō para levantar el templo de Shitennō-ji, en Osaka. Terminada la obra, el carpintero se quedó, fundó una empresa y su familia siguió construyendo y reparando templos durante unas cuarenta generaciones.
Kongō Gumi sobrevivió a todo: siglos de guerras civiles, incendios que arrasaron sus propios templos (los reconstruían), la persecución del budismo en el siglo XIX y dos guerras mundiales — durante la segunda salieron adelante fabricando ataúdes. Su secreto no era el tamaño, sino la paciencia: elegir al heredero más capaz (no siempre el hijo mayor; a veces un yerno adoptado) y no salirse casi nunca de lo que sabían hacer.
Rompieron su propia regla una sola vez. En los años ochenta, en plena burbuja japonesa, se endeudaron para invertir en inmuebles. Cuando la burbuja estalló, la deuda se los fue comiendo, y en 2006 la empresa más antigua del mundo fue absorbida por una constructora... de 1917.
La marca sigue existiendo, y sigue haciendo lo mismo: templos. Catorce siglos de oficio caben en una lección: lo que te mata casi nunca es tu negocio; es el negocio de los demás.