
En mi pueblo hay un ancla en la rotonda de la entrada, entre dos farolas y un seto que el ayuntamiento recorta en agosto. Es de hierro, más alta que un hombre, con la cadena hundida en el cemento como si algo tirara de ella desde abajo. Estamos a doscientos kilómetros del mar.
Pregunté en el bar. Los de mi edad creen que la trajo un alcalde; los viejos dicen que ya estaba. En el ayuntamiento no hay expediente: la rotonda se construyó en los ochenta alrededor del ancla, que no es lo mismo que ponerla.
El herrero me enseñó lo que nadie mira: los eslabones están gastados por dentro, como las cadenas que han trabajado de verdad. Y mi abuela, que no gasta bromas, me dijo lo otro. Que hay años, no todos, en que el ancla amanece mojada en pleno julio. Salada, dice. Que la pruebe quien no se lo crea.
Yo nunca la he probado. Pero desde entonces, cuando hay tormenta, duermo mal: no me da miedo que el mar venga. Me da miedo que vuelva.