Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen
Sabino tarda cuatro horas en decir su nombre

Antes: un alud encerró a ocho personas en el refugio de Iratxeta. Del depósito faltan tres días de gasóleo y sobran sesenta litros de agua.
El quinto día amaneció con ocho días de gasóleo, y eso solo porque Idoia Bergara, guarda de Iratxeta y enfermera de urgencias hasta 2019, bajó a las siete a rehacer la varilla.
La varilla es una pletina de acero de un metro veinte con doce marcas separadas veinte litros, una por cada día de la ración vieja. Idoia tachó las doce con dos pasadas de lima en cruz y dejó ocho marcas, una cada dieciséis litros: 112, 96, 80, 64, 48, 32, 16 y el fondo. Siete las abrió ella esa mañana; la del 80 ya estaba, porque es el único número que las dos escalas comparten, y la dejó donde estaba.
—Ración nueva —dijo—. Dieciséis litros al día. Tres horas y doce minutos de motor. Hora y media a las siete, hora y media a las ocho de la tarde y doce minutos sueltos para bombear agua al depósito de arriba.
Mercedes Arriaga, jueza de paz jubilada, lo apuntó en la contraportada del libro de firmas, que es donde lleva la contabilidad del combustible desde el tercer día, y lo dijo en voz alta para que nadie se lo tuviera que volver a preguntar.
—Con la ración vieja teníamos seis días. Con esta, ocho. Ciento veintiocho entre dieciséis.
—Ciento veintiocho con treinta y tres —dijo Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club desde antes de que el refugio tuviera luz, que apunta cada arranque y cada paro del motor en el reverso de un sobre.
—Los treinta y tres centilitros los dejo fuera, Casimiro, y que nadie venga a buscarlos el día once —dijo Mercedes.
Ayer Idoia había cantado la cuenta redondeada, cincuenta y uno y medio. Hoy Mercedes la dejó escrita exacta: diez horas y veinte minutos a cinco litros la hora son cincuenta y un litros con sesenta y siete. Doscientos cuarenta menos eso, ciento ochenta y ocho con treinta y tres. Menos los sesenta de agua, ciento veintiocho con treinta y tres.
Las diez horas y veinte minutos tampoco salen de un sitio solo, y por eso Idoia las da por buenas. El tambor del contador atornillado al bloque del motor solo enseña horas enteras y no se puede poner a cero: el día del alud, con el motor ya apagado y el depósito recién medido, Idoia apuntó su lectura —cuatro mil seiscientas doce— en la primera página de la libreta de tapas rojas. Esa mañana marcaba cuatro mil seiscientas veintidós. Diez horas. Los veinte minutos los pone el sobre de Casimiro, que apunta los arranques al minuto.
Y el cuarto día no se encendió nada. Idoia había prometido el tercero devolver las dos horas que encendió de más; devolvió cuatro, el día entero, y el refugio lo pasó a oscuras y a seis grados bajo techo, con todo el mundo comiendo con el anorak puesto. Nadie protestó, porque a las once de la mañana Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada, había cantado tres garrafas de agua sacadas por el grifo de purga, el que vacía el fondo del depósito.
Ocho días llegan al día doce. La ventana del helicóptero, según el parte del primer día, es el once o el doce. El margen es de un día o de ninguno.
Lo otro seguía sin cuadrar.
Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, montañero y carpintero de ribera —se gana la vida arreglando barcos de madera en una ría—, se había pasado la tarde del cuarto día con Aitor buscando sesenta litros de gasóleo dentro de una casa sellada por la nieve. Tres garrafas de veinte no se evaporan. Miraron el leñero, las literas, la despensa, el hueco de la escalera y el cuarto de la caldera vieja, desmontada desde 2011.
—Esta casa tiene dos huecos que se abren desde fuera sin pasar por el comedor —dijo Ramiro en el desayuno—. La portezuela de poniente del leñero, por la que se mete la leña, y la puerta del almacén de material. Por la portezuela entró él el martes. El almacén no lo hemos abierto nadie.
Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube el correo del club a Iratxeta desde 1994, dijo que por el lado de poniente todavía se podía andar con crampones, que el alud bajó por la cara norte y ese costado quedó limpio.
Fani Quiroga, geóloga, veintiocho años, quiso ir con ellos a abrirlo. Idoia dijo que no.
—En cuanto acabe con él, bajamos los tres. Ahora la mañana es para otra cosa.
La otra cosa estaba en la litera de abajo del dormitorio pequeño, tapada con dos sacos y una manta térmica, con los ojos abiertos desde las siete.
Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de este refugio desde 1991 hasta que lo cesaron en 2022, llevaba cuarenta y ocho horas en esa litera y no había dicho una palabra: ni su nombre, ni cómo subió, ni qué hacía dentro de un leñero a 2.100 metros con una avalancha encima. Estuvo ahí dentro dos días enteros antes de que Aitor entrara por el hueco de la puerta de tablas y lo encontrara.
Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, hermana de Ramiro, puso el tema sobre la mesa antes que Mercedes.
—El tercer día os dije que tardaría un par de horas en poder contestar. Eso era verdad el tercer día. —Se sentó con el tazón entre las manos—. Una hipotermia grave te deja el habla pastosa mientras el cuerpo se recalienta, y con el azúcar por el suelo no se sostiene una frase. Ayer a las cuatro de la tarde comió, bebió, se sentó solo y me apretó la mano con fuerza normal. Desde ayer a las cuatro, médicamente, puede hablar.
—Entonces no habla porque no quiere —dijo Mercedes.
—Eso ya no es mío. Yo os digo lo que hace el cuerpo.
Mercedes quería tomarle declaración: hora, dos preguntas escritas antes de empezar, respuesta anotada delante de un testigo. Idoia dijo que no.
—Mercedes, ese hombre estuvo dos días en un leñero a cinco bajo cero. Si entras con el libro abierto, se calla hasta que suba el helicóptero.
—¿Y qué propones?
—Que le dé el desayuno.
Lo que hizo Idoia esa mañana ocupa una línea en la libreta: «08:10, con S.». Se sentó en el suelo, de espaldas a la litera, con la libreta cerrada sobre las rodillas y dos tazas de caldo. No preguntó nada. Contó cosas. Contó lo del agua en el fondo del depósito y cómo se ve a contraluz que son dos líquidos y no uno. Contó las tres garrafas. Contó que quedaban ciento veintiocho litros y que había rehecho la varilla a dieciséis litros para estirarlos a ocho días.
A las nueve y media llevó las tazas, volvió con el caldo caliente y se sentó otra vez. A las once, Aitor la oyó de paso hablando de la nieve del corredor de Larrondo. A las doce menos cuarto Lena entró a mirarle el pulso y salió sin decir nada. A las doce, Txomin la oyó explicando cómo se lima una pletina para que las muescas salgan iguales.
Sabino no abrió la boca en cuatro horas, pero hizo dos cosas. A las diez se bebió el segundo tazón entero, solo, sin que nadie se lo acercara. Y a las once y media, cuando Idoia describió la raya limpia que separaba el agua del gasóleo dentro del frasco de Fani, giró la cabeza hacia ella y volvió a mirar al techo.
A las doce y cuarto, cuatro horas y cinco minutos después de sentarse, Sabino Amantegui habló por primera vez desde el leñero.
—Sabino Amantegui —dijo—. Guarda de este refugio del noventa y uno al veintidós.
Idoia no se giró.
—Ya lo sabíamos. Lo pone en el libro, el registro obligatorio del club, en la séptima línea, con la fecha del martes.
—Lo escribí yo. —Se bajó la manta hasta el pecho—. ¿Cuántas horas al día habéis tenido el motor encendido desde el martes?
—Diez horas y veinte minutos en cuatro días. Desde hoy, tres y doce.
Sabino hizo la cuenta mirando al techo. Movió los labios, se los secó con el dorso de la mano y se incorporó sobre el codo antes de hablar.
—Los sesenta litros los saqué yo. El martes. Firmé el libro a las siete menos veinte, salí por la puerta grande, di la vuelta por poniente y entré en el cuarto del generador por la puerta del rellano. De ahí bajé al leñero antes de las ocho, con vosotros todavía en la cocina. Ese cuarto tiene dos puertas: la del comedor y la del rellano de la escalera del leñero, que es por la que entré y por la que salí, y por ahí no se cruza el comedor. Tengo llave desde 2013 y nadie me la pidió cuando me echaron.
Mercedes Arriaga había aparecido en el quicio y abrió el libro.
—El agua no la subí en cubos —siguió él—, que es lo que estaréis pensando. La bomba del depósito de arriba está en ese mismo cuarto y tiene un grifo de vaciado en el codo. Abrí ese, llené por ahí y no salí a ninguna escalera. Y las garrafas las saqué de una en una por la portezuela de poniente, con el frontal puesto porque aún no había amanecido y las metí en el almacén de material, detrás de las palas y el trineo camilla. Están las tres enteras. Entonces todavía se podía andar por fuera.
Idoia le tiró el manojo de llaves a Ramiro sin girarse. Ramiro salió y volvió antes de que Sabino acabara: la bomba tenía el codo donde él decía, y por ahí el agua del depósito de arriba baja sola.
Mercedes escribió cada palabra y levantó el lápiz.
—¿Por qué?
Sabino volvió a tumbarse, se subió la manta hasta la barbilla y no dijo nada más en todo el día.