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Idea · Del catálogo de Margen

La regla de oro de Darwin

En su autobiografía, Darwin cuenta que durante años siguió lo que llamaba una regla de oro: cada vez que leía u observaba algo que contradecía sus conclusiones, lo apuntaba inmediatamente, sin excepción. Había notado que esos datos incómodos se le escapaban de la memoria mucho más rápido que los favorables. No es un defecto de Darwin: es el archivero que todos llevamos dentro. La memoria guarda con mimo lo que nos da la razón y traspapela lo que nos la quita, y lo hace sin avisar: uno no siente que olvida, simplemente un día ya no está. La regla convierte ese sesgo en un gesto físico: cuando algo te incomode —un dato que no encaja en tu plan, una objeción buena en una discusión, una señal de que el proyecto flojea—, escríbelo antes de que tu cerebro lo archive por ti. No hace falta responderlo hoy: hace falta que exista mañana. Las ideas que sobreviven a esa libreta salen más fuertes. Las que no, mejor que caigan en tu cuaderno y no en la realidad.