
La madrugada del 30 de marzo de 1867, tras una negociación nocturna, el secretario de Estado William Seward firmó la compra de Alaska al Imperio ruso: 7,2 millones de dólares por un territorio de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados. Salía a unos dos céntimos el acre. Rusia quería soltar una colonia lejana e indefendible; en Estados Unidos, buena parte de la prensa se rió del acuerdo: lo llamaron «la locura de Seward», «la nevera de Seward», un jardín de osos polares comprado a precio de oro. Treinta años después aparecieron los primeros yacimientos de oro de verdad, y las fiebres de Nome y Fairbanks llenaron el hielo de buscadores. En 1968 se descubrió en Prudhoe Bay uno de los mayores campos petrolíferos de Norteamérica. Hoy la compra de Alaska se estudia como uno de los mejores negocios inmobiliarios de la historia. Seward murió en 1872, antes de la revancha. Se le atribuye esta respuesta cuando le preguntaron por su mayor logro: «La compra de Alaska. Pero tardarán una generación en darse cuenta».