
Los gatitos maúllan para llamar a su madre: tengo hambre, tengo frío, estoy aquí. Pero al crecer, ese canal se apaga. Los gatos adultos apenas lo usan entre ellos: se entienden por el olor, la postura, la cola, la distancia. Los maullidos quedan reservados casi en exclusiva para una especie que ni siquiera es la suya: la nuestra. Los investigadores lo explican así: en algún momento de los últimos miles de años, los gatos descubrieron que con nosotros el truco de la infancia seguía funcionando. Somos criaturas que responden al sonido, así que mantuvieron viva la llamada de cachorro y la fueron afinando. Tanto, que cada gato desarrolla un repertorio propio con su humano: el maullido de la comida, el de la puerta, el de las once de la noche. Un estudio de la Universidad de Cornell comprobó que los dueños distinguen los maullidos de su gato mejor que los de un gato ajeno. No existe el idioma de los gatos: existe el dialecto que el tuyo inventó contigo. Llevas años en una conversación privada sin saberlo.