
Una noche de 1879, el químico Constantin Fahlberg cenaba en su casa de Baltimore y el pan le supo increíblemente dulce. No era el pan: eran sus manos. Había pasado el día en el laboratorio de la Universidad Johns Hopkins trabajando con derivados del alquitrán de hulla y no se las había lavado.
Volvió corriendo al laboratorio y, con más entusiasmo que prudencia, fue probando vaso a vaso todo lo que había en su mesa hasta dar con el compuesto dulce. Lo llamó sacarina: era cientos de veces más dulce que el azúcar y no aportaba calorías.
En 1884 la patentó en solitario y se hizo rico, sin mencionar a Ira Remsen, el director del laboratorio, que no se lo perdonó jamás. La química le dio al mundo su primer edulcorante gracias a dos cosas: un golpe de suerte y unas manos sin lavar.