
En 1903, al químico francés Édouard Bénédictus se le cayó un matraz de vidrio desde una estantería del laboratorio. Contra todo pronóstico, no estalló en mil pedazos: se agrietó, pero mantuvo la forma. Dentro había habido nitrato de celulosa, y la película seca pegada a las paredes sujetaba los fragmentos.
Bénédictus leía por entonces noticias de accidentes de coche en los que los cristales causaban heridas terribles, y ató cabos: un vidrio con una capa de plástico en medio se rompería sin cortar. Lo patentó en 1909 y lo llamó Triplex.
Su primer gran uso no fueron los coches, sino los visores de las máscaras antigás de la Primera Guerra Mundial. Después, los parabrisas lo adoptaron en masa. Cada vez que una luna de coche se rompe en telaraña en vez de en cuchillas, está repitiendo aquella caída afortunada de 1903.