
En 1942, el químico Harry Coover buscaba un plástico transparente para miras de fusil en Eastman Kodak. Probó unos compuestos llamados cianoacrilatos y los descartó indignado: se pegaban a todo lo que tocaban. Inservibles.
Nueve años después, en 1951, su equipo volvió a toparse con ellos investigando materiales para cabinas de avión. Un ayudante, Fred Joyner, extendió el compuesto entre los dos prismas de un aparato de medición carísimo... y los dejó unidos para siempre. Esta vez Coover lo vio claro: aquello no era un defecto, era el producto.
Salió a la venta en 1958. En la guerra de Vietnam, los sanitarios lo usaron en aerosol para cerrar heridas de urgencia y ganar tiempo hasta el quirófano, un uso que el propio Coover contaba con orgullo. El invento rechazado dos veces acabó pegando de todo, hasta la vida de algunos soldados.