
Kashasha, aldea del distrito de Bukoba, 30 de enero de 1962: tres alumnas de un internado de misión empezaron a reír sin poder parar. Los recuentos posteriores del episodio hablan de alrededor de catorce escuelas cerradas y cerca de mil afectados en Tanganica, territorio que hoy forma la Tanzania continental. El artículo clínico publicado en 1963 describió lo que sus autores observaron: en Kashasha padecieron ataques 95 de las 159 estudiantes. Casi seis de cada diez internas.
Aquello incluía llanto, agitación, miedo, carreras repentinas y agotamiento. Cada ataque podía durar desde unas horas hasta unos pocos días. Después cesaba, pero algunas alumnas volvían a sufrirlo. Esa sucesión de recaídas individuales fue distinta del brote completo, que continuó durante meses y alcanzó comunidades alejadas del internado.
La escuela cerró el 18 de marzo. Mandar a las alumnas a sus pueblos facilitó el desplazamiento del problema. El cierre protegió las aulas y no a las alumnas. En Nshamba, donde vivían varias de ellas, enfermaron unas 217 personas. En Ramashenye, una escuela femenina cercana a Bukoba, resultaron afectadas 48 de sus 154 alumnas. Casi una de cada tres.
Kashasha reabrió en mayo y tuvo que cerrar otra vez cuando regresaron los ataques. Otros centros suspendieron las clases mientras aparecían episodios entre su alumnado. No se identificó ningún tratamiento capaz de pararlos. Los cierres tampoco funcionaron como una cura: interrumpían la actividad de un centro, pero reunían de nuevo a las estudiantes con familiares y vecinos de sus localidades.
Los médicos A. M. Rankin y P. J. Philip buscaron fiebre, intoxicaciones, infecciones y lesiones que explicaran el cuadro. No encontraron una causa y dejaron el desencadenante sin explicar. Tampoco registraron fallecimientos asociados al episodio.
Tanganica se había independizado en diciembre de 1961, pocas semanas antes del primer caso. Era el contexto político de la época, no una causa establecida por los médicos. Rankin y Philip tampoco atribuyeron el comienzo a la disciplina del internado. Su publicación no resolvió por qué aquellas tres alumnas fueron las primeras.
El episodio fue clasificado después como enfermedad psicógena de masas. En la práctica, una estudiante podía ver a una compañera reír, llorar o correr y comenzar a presentar una respuesta parecida, pese a que las exploraciones no mostraran un agente infeccioso compartido. Los recuentos sitúan el final de las distintas oleadas entre seis y dieciocho meses después del inicio.
El personal docente de Kashasha siguió trabajando durante las dos aperturas del internado; el informe no registró ataques entre sus miembros. Los episodios se quedaron entre las alumnas y, después, entre la gente de sus pueblos.