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Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen

Quedan nueve recetas en blanco en el talonario

Antes: Simón Goñi, panadero, vio dos veces a Rosalía Sagasti, enfermera jubilada, echar sobres con recetas al buzón de la farmacia.

El viernes, con cuatro días por delante hasta la inspección del 26, Águeda Mendioroz, farmacéutica titular de la única farmacia de Valdecierzo, llamó a la gerencia del área a las nueve y cuarto y preguntó por facturación.

—Marcial Beloki, facturación de recetas de la gerencia, que ya sabes quién soy —dijo la voz—. Ayer te quedé en mirarlo y lo he mirado.

—Pues dímelo, que estoy sola en el mostrador.

Beloki hizo un ruido de aprobación, o de aire, y Águeda oyó teclas al otro lado.

—Tú querías saber quién nos avisó —dijo él.

—Quiero saber quién os avisó.

—Nadie.

Águeda se apoyó en la esquina del mostrador, junto a la báscula de bebés que ya nadie usa.

—¿Cómo que nadie?

—Que nadie, Águeda. No hay denuncia. No hay escrito. No hay llamada. Lo que hay es un cruce.

Le explicó el cruce dos veces, la segunda más despacio, porque a la primera se le notó que ella lo estaba oyendo desde otro sitio. Cada receta dispensada en una farmacia entra en el sistema de facturación con el número de colegiado del médico que firma. Hasta este año, ese fichero se cruzaba solo con el de colegiados en alta. El cruce con las bajas —jubilaciones, traslados, defunciones— se puso en marcha en enero, una vez al trimestre. El primero salió en abril.

—Saltaron treinta y una —dijo Beloki—. Todas con el mismo número. El 31.0448.

—Braulio Sagasti.

—Braulio Sagasti, sí. Baja por defunción en marzo de 2024. El programa no sabe quién es Braulio Sagasti, ¿eh? El programa sabe que el 31.0448 está de baja y que el 31.0448 ha firmado treinta y una recetas después de la baja. Eso es todo lo que sabe.

—¿Y por qué la inspección es ahora, si eso saltó en abril?

—Porque el aviso salió el catorce de abril y el catorce de abril había cuarenta y dos avisos por delante en la cola. Somos tres personas. El día veintiséis es el día que le ha tocado a tu farmacia, ni más ni menos. Te lo digo para que duermas: no estás denunciada. Estás en una lista.

Águeda llevaba diez días mirando a la gente del pueblo de otra manera. Había mirado a la de la carnicería, que le debía cuatro cajas de gasas. Había mirado a Itziar Lizarraga, la farmacéutica del cruce, que fue la que devolvió dos recetas y la que, en su cabeza, tenía todos los motivos. Había mirado hasta a su propio padre, que fue el que pintó la puerta verde en 1996 y que aún baja a preguntar cuánto se ha vendido.

—Marcial.

—Dime.

—¿Los cruces esos los hacen todas las comunidades?

—Todas. Y el año que viene será mensual. —Volvió a teclear—. Mira, te voy a decir una cosa que no consta en ningún sitio. En los seis años que llevo aquí, esto que te ha salido a ti lo he visto cuatro veces. Ninguna era un fraude. Tres eran errores de dedo al meter el número. Y una era un pueblo.

—¿Una era un pueblo?

—Una era un pueblo —dijo Beloki.

Colgó él, o se cortó, que en la gerencia nunca se sabe.

A la una y media Águeda bajó la persiana hasta la mitad, cruzó la carretera y subió los tres escalones de la casa que hay pegada a la del médico. La puerta estaba abierta, como todas las puertas del barrio bajo entre la una y las tres.

Rosalía Sagasti, setenta y un años, enfermera del consultorio de Valdecierzo durante treinta y cuatro y jubilada desde hace tres, estaba pelando una pera encima de un plato.

—Pasa, Águeda. ¿Has comido?

—No vengo a comer.

—Ya lo sé. —Dejó el cuchillo en el plato, no en el hule—. ¿Te lo ha dicho Simón?

Águeda se quedó de pie.

—Me lo ha dicho Simón Goñi, sí. El panadero.

—Ya sé quién es Simón. —Rosalía se limpió las manos en el delantal—. Lleva nueve años dejándome el pan en la puerta para que no lo abra en bata. Le he dado dos veces la oportunidad de preguntarme y no ha preguntado nunca. Siéntate.

Águeda se sentó. La cocina olía a pera y a lejía, y en el aparador seguía la caja de latón donde el doctor guardaba los sobres del sueldo.

—Rosalía, el veintiséis viene una inspectora. Se llama Petra Aldunate. Va a mirar treinta y una recetas. Van a estar todas.

—Van a estar todas —repitió Rosalía—. Yo no he escondido ninguna.

—¿Cuánto llevas?

—Desde el quince de julio de 2024. Cuatro meses después de morir mi hermano. —Lo dijo como se dicen las fechas cuando se han pensado mucho—. Balbina Ochandiano se quedó sin digoxina el jueves anterior. Ochenta y cuatro años, sola, en el barrio alto, con el corazón que tiene. El médico de área pasa martes y viernes a veintidós kilómetros y no tiene su historia. Le dije que fuera y fue, y volvió con un papel para pedir cita para otro día. Yo llevaba la tensión y las dosis de Balbina en un cuaderno desde 1991.

—El cuaderno gris.

—El cuaderno gris. —Rosalía miró la pera a medio pelar—. Yo no he recetado nada nuevo. Ni un antibiótico, ni un dolor, ni una pastilla para dormir. He renovado lo que ya tenían puesto Braulio y yo. Once personas. Todas de más de setenta y cinco. Todas viviendo solas.

—Es un delito.

—Ya lo sé. Soy enfermera, no tonta. —Se levantó—. Y el que lo hace sabiendo que lo es, lo hace igual, pero no se engaña.

Fue al aparador, abrió el cajón de abajo, el que va duro, y volvió con una carpeta de gomas de las de toda la vida. Dentro estaba el talonario oficial: verde, con el membrete del servicio de salud y el sello de caucho del consultorio metido en la misma goma.

—Esto salió del botiquín antes de que vinieran —dijo—. El acta la firmó el secretario el doce de abril y puso los dos seriales; el día dieciocho la furgoneta se llevó las cajas y dio parte de sin material. Yo tenía la llave del botiquín, Águeda. Nadie me preguntó nunca por ella.

Puso el talonario encima del hule y lo abrió por donde estaba la goma.

—Aquí caben veinte —dijo—. Se gastan por arriba.

Fue pasando las hojas con el pulgar, sin prisa, contando por lo bajo. Al final levantó la cabeza.

—Quedan nueve en blanco —dijo Rosalía—. Las he contado todas las noches desde el jueves.