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Idea · Del catálogo de Margen

Calentar el motor parado dejó de servir en 1993

Son las siete de la mañana y el termómetro marca dos grados bajo cero. En la calle hay un coche encendido y sin nadie dentro. El vaho crece detrás del parachoques mientras su dueño sigue en casa; unos metros más allá, un vecino ha repetido el ritual. Diez minutos diarios así suman alrededor de 61 horas al año con el motor quemando combustible y el coche en el mismo sitio.

La costumbre tuvo una explicación mecánica. Los motores con carburador necesitaban el estárter durante el arranque en frío. Este mecanismo enriquecía la mezcla de aire y gasolina para evitar un funcionamiento inestable o que el coche se calara. La inyección electrónica pasó ese trabajo a la centralita, que recibe datos de los sensores y ajusta el combustible automáticamente. Su generalización coincidió con la norma Euro 1, obligatoria para coches nuevos desde 1993, y con la extensión de la sonda lambda y el catalizador de tres vías.

Conviene decir en voz alta la creencia que eso derriba, porque casi nadie la ha revisado desde que la aprendió: que un motor frío sufre si arranca y sale, y que los minutos parados son una forma de cuidarlo. Con carburador tenían esa función. Hoy esos minutos coinciden justo con el rato en que el motor trabaja peor: mezcla enriquecida, aceite todavía repartiéndose y catalizador frío, las tres cosas a la vez y sin que el coche se mueva.

En un gasolina moderno puedes arrancar y emplear entre 20 y 30 segundos en abrocharte el cinturón y ajustar el asiento. El aceite empieza a circular en cuanto se pone en marcha el motor; durante esos segundos termina de llegar a las zonas que debe proteger. Después conviene salir y recorrer con suavidad los dos o tres primeros kilómetros. Unas 2.000 revoluciones sirven como referencia práctica, aunque la carga importa tanto como el régimen: avanzar a pocas vueltas con el acelerador muy hundido, especialmente cuesta arriba, también exige demasiado a un motor frío. La marcha adecuada y un pedal moderado importan más que obedecer una cifra como si fuese un límite universal.

Los acelerones en parado empeoran el momento delicado. La centralita utiliza una mezcla enriquecida durante el arranque frío y parte de la gasolina puede quedar sin quemar. Ese combustible lava la película de aceite de las paredes de los cilindros y termina diluyendo el lubricante. Una salida tranquila permite que el conjunto gane temperatura bajo una carga moderada. Al ralentí puede necesitar quince o veinte minutos para alcanzar su temperatura de trabajo; circulando suavemente, unos cinco.

También se calienta el sistema de escape. El catalizador empieza a tratar los gases con eficacia alrededor de los 250-300 grados. Mientras permanece frío, una parte mayor de las emisiones sale con poco tratamiento. Una espera prolongada al ralentí alarga esa fase. El efecto pesa especialmente en trayectos de dos kilómetros, donde el motor apenas tiene tiempo para estabilizarse y el agua producida por la combustión puede condensarse en el escape y mezclarse con el aceite. Tres salidas cortas en un día repiten tres arranques enriquecidos. Juntar los recados da al aceite, al escape y al catalizador más tiempo dentro de su intervalo normal.

Las excepciones caben en un solo párrafo. Un coche antiguo con carburador puede requerir el estárter y unos instantes de estabilización según su sistema concreto. En un diésel viejo, el chivato de las bujías de incandescencia pide esperar antes de arrancar hasta que se apague; son segundos con el motor detenido. A veinte grados bajo cero, un calefactor de bloque conectado a la red puede templar el motor sin quemar combustible, una solución propia de climas extremos.

El gasto de los dos coches de la calle se puede calcular. Un motor al ralentí consume entre 0,6 y 1,2 litros por hora. Diez minutos al día durante un año son unos 3.650 minutos, equivalentes a cerca de 61 horas. Tomando 0,8 litros por hora, un valor central dentro de ese intervalo, salen alrededor de 49 litros empleados sin avanzar. A 1,55 euros el litro, la cuenta alcanza 75,95 euros: unos 76 euros anuales. Puesto en el surtidor son casi el depósito entero de un utilitario, quemado sin salir de la plaza de aparcamiento. El resultado concreto cambia con el motor, la temperatura y los accesorios, pero la gasolina consumida durante la espera produce calor y gases sin aportar desplazamiento.

La duración de una parada plantea otra cuenta. Después de unos diez segundos, el ralentí ya ha consumido más combustible del que requiere volver a arrancar. Ese dato aislado tampoco aconseja girar manualmente la llave en cada semáforo. Las guías de eficiencia emplean un umbral práctico de más de un minuto para esperas largas, como un paso a nivel, una recogida o una cola inmóvil. Por debajo de ese tiempo, el ahorro resulta pequeño frente al desgaste añadido del motor de arranque y la batería.

Los coches con arranque y parada automático gestionan los semáforos por su cuenta. Incorporan baterías y motores de arranque preparados para soportar muchos más ciclos que los componentes convencionales. En un vehículo sin ese sistema, apagar manualmente en cada detención urbana multiplica un trabajo para el que esas piezas pueden no estar dimensionadas. La referencia del minuto sigue reservada a pausas largas.

El ritual sobrevive por un motivo que no tiene nada que ver con la mecánica: dentro del coche hace frío. Quien lo deja encendido delante de casa casi nunca está protegiendo el motor, está esperando a que salga aire caliente. Las dos cosas van por separado, y la segunda también se resuelve antes conduciendo: el motor produce calor mucho más deprisa con carga que parado, así que el habitáculo se templa antes de camino al trabajo que esperando frente al portal.

Queda el motivo más visible para esperar: el parabrisas. Si está empañado por dentro, el aire acondicionado retira humedad y la calefacción eleva la temperatura del aire dirigido al cristal. Pueden funcionar juntos mientras preparas la salida. Si el hielo está fuera, el agua caliente puede provocar un cambio brusco de temperatura y rajar el vidrio. Una rasqueta recupera toda la superficie sin depender de diez minutos de motor encendido. Conducir mirando por una pequeña zona descongelada sigue siendo peligroso aunque el habitáculo ya esté templado.

La calefacción tarda unos instantes porque aprovecha el calor del motor, y encenderla con fuerza desde el primer segundo puede demorar ligeramente el calentamiento. Eso tampoco obliga a pasar frío: empieza la marcha con suavidad, orienta el aire hacia el parabrisas y ajusta la temperatura a medida que llega calor. El aire acondicionado puede seguir activado para secar el ambiente. Cuando vuelvas a mirar al vecino, quizá su coche continúe soltando vaho en el mismo aparcamiento mientras el tuyo ya circula y alcanza antes su temperatura útil.

Pon una rasqueta en el maletero esta noche. Ese gesto prepara mejor la próxima salida que dejar el motor diez minutos frente a casa.