Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un ADN de cuarenta escenas salió de la caja de material

El perfil de ADN que la policía alemana persiguió durante dieciséis años salió de la caja de bastoncillos de algodón de sus propias comisarías. Lo supieron en marzo de 2009. Hasta ese mes, el caso tenía un nombre de novela y una víctima con nombre y apellido.
Michèle Kiesewetter tenía 22 años y llevaba el uniforme de la policía del estado alemán de Baden-Wurtemberg. El 25 de abril de 2007, poco antes de las dos de la tarde, aparcó el coche patrulla en la Theresienwiese de Heilbronn, el descampado donde se monta la feria, para comer algo con su compañero. Alguien se acercó por detrás y les disparó a los dos en la cabeza. Ella murió allí mismo. Él sobrevivió con una lesión cerebral y no recordaba nada. En el coche, los técnicos encontraron un perfil de ADN de mujer, y ese perfil ya estaba en el ordenador.
Había aparecido por primera vez en 1993, en Idar-Oberstein, un pueblo del oeste de Alemania, en la taza de té de una mujer estrangulada en su propia casa. Después fue saliendo en sitios que no tenían nada que ver entre sí: chalés reventados en Baviera, coches robados en Austria, una caravana, una jeringuilla tirada en un bosque, un cajón de monedas de un colegio. Cuarenta escenas repartidas por Alemania, Austria y Francia a lo largo de dieciséis años. La prensa alemana la bautizó «die Frau ohne Gesicht», la mujer sin rostro: una delincuente que lo hacía todo, se movía sin descanso y no dejaba un testigo, un motivo ni una cara.
Los perfiles criminológicos la dibujaron como una mujer joven, con una capacidad de improvisación que no encajaba con nada conocido y, decían, probablemente de Europa del Este. Se montó una comisión especial, se escudriñaron archivos de media Europa y Heilbronn entera perdió años de trabajo policial detrás de ella.
El caso se cayó en marzo de 2009, y se cayó por una ruta lateral. En Francia intentaban identificar el cuerpo quemado de un solicitante de asilo desaparecido. Para ello se buscó ADN en la huella que aquel hombre había dejado años antes en su propia solicitud de asilo. El laboratorio devolvió un resultado imposible: el perfil de la mujer sin rostro. Imposible porque aquel cuerpo era de un hombre.
Lo único que compartían la taza de té de 1993, el coche patrulla de 2007 y aquel cuerpo de Francia era el bastoncillo de algodón con el que se habían frotado.
Los bastoncillos de algodón con los que la policía de la zona tomaba las muestras se fabricaban en serie para uso médico. Estaban esterilizados, que quiere decir sin bacterias vivas, y en ningún momento se habían vendido como libres de ADN humano: a nadie se le había ocurrido que eso hiciera falta. En la cadena de envasado trabajaba una mujer que, al manipularlos, dejaba en el algodón células suyas. Cada vez que un agente frotaba un pomo, una taza o un volante con uno de esos bastoncillos, recogía la huella genética de la escena y, de paso, la de una mujer que no había salido nunca de su nave de envasado.
El escándalo acabó en una norma internacional: en 2016, la ISO publicó la 18385, que obliga a fabricar y certificar el material de recogida forense como libre de ADN humano. Siete años para cambiar una caja de algodones. El asesinato de Kiesewetter se resolvió por otro camino en 2011, cuando aparecieron las armas de los dos agentes en poder del grupo neonazi NSU.
De aquellas cuarenta escenas, ninguna se cerró con una detención por ese perfil. La única persona identificada en dieciséis años de búsqueda fue una operaria de una línea de envasado.