
12 de enero. Eduvigis Sanz, mi editora desde hace nueve años, me llama a las nueve de la mañana para decirme que la novela de Nell Harrower son seiscientas páginas y entra en imprenta en seis semanas. Una sola persona no llega. Seremos dos: los capítulos impares míos, los pares de Gorka Ruiz de Azúa, traductor, dos libros publicados, no nos conocemos. Mando un glosario de catorce palabras, las que salen más de veinte veces en el libro. Las he contado.
13 de enero. Gorka manda el suyo: ciento nueve entradas. Están bien hechas. Un glosario de ciento nueve entradas se consulta dos veces y se abandona; uno de catorce se memoriza en una tarde. No se lo digo así.
16 de enero. El perro. En mi capítulo uno se llama Botas; en su capítulo dos, Boots. Él argumenta que los nombres propios no se traducen, que es lo primero que enseñan. Le mando la página catorce, donde la madre explica por qué le puso ese nombre: por las patas blancas, que parecen botas de salir. Si lo dejas en inglés, el lector español lee una explicación que no explica nada. Contesta a los once minutos: «Tienes razón en el uno. En el dos lo dejo, que ahí nadie lo explica.»
17 de enero. Capítulo siete, el peor del libro para traducir: la abuela habla durante nueve páginas y lo hace todo en diminutivo. En inglés no son diminutivos, son adjetivos pequeños puestos delante, y si los traduzco uno a uno la mujer suena a cursi y no a vieja. Lo resuelvo cargando los diminutivos donde la abuela habla de cosas que ya no existen y quitándolos del resto. Es la decisión de la que estoy más contenta hasta ahora.
19 de enero. Me llega mi capítulo cinco maquetado y hay dos párrafos que yo había unido y están otra vez separados. Lo doy por corrección de estilo y sigo. Voy por el trece.
21 de enero. Capítulo veintiuno. Harrower pone una frase de siete palabras sola en un párrafo, tres veces en el libro, siempre cuando alguien decide algo sin decirlo. La dejo sola también. Anoto en el glosario que esas tres frases no se tocan y mando el aviso.
23 de enero. Eduvigis por teléfono: «Arregladlo entre vosotros, yo tengo la imprenta encima.» Le pregunto qué hay que arreglar. Dice que ya me lo contará Gorka.
24 de enero. Me lo cuenta Gorka, por escrito, y hay que reconocerle que no se esconde: al firmar le dieron también la armonización final, pasar por encima de los treinta y ocho capítulos al terminar para unificar criterio. No esperó al final. Lleva once de los míos, del uno al veintiuno. Ha puesto Boots en todos. Ha quitado los diminutivos de la abuela. Ha cambiado «el cuarto de la plancha» por «el lavadero».
25 de enero. En esa casa no hay lavadero. Hay un cuarto con una tabla de planchar y una ventana al patio, y está dibujado en el plano que Harrower puso en la guarda, la hoja doble del principio. Se lo escribo con el número de página. Añado que la frase de la madre, con Boots, se queda en «Le puse Boots por las patas blancas», que es una frase que no significa nada. Once veces. Y le pregunto qué ha hecho con los nueve folios de la abuela, que es lo único que me importa de verdad.
26 de enero. No contesta en todo el día. Por la noche miro mi capítulo siete en el archivo común: los diminutivos están puestos otra vez en las nueve páginas, todos, también donde la abuela habla del presente. La mujer suena a cursi. Me acuesto.
27 de enero, 6:41 de la mañana. Un mensaje de cuatro líneas: ha estado toda la noche deshaciendo lo suyo capítulo por capítulo y, al llegar a su capítulo catorce, se ha parado en la página doscientos once. La hija se lleva al perro a Leeds y esa noche, en el piso de Marsden Street, lo llama Boots por primera vez. Y el perro contesta igual que siempre, después de nueve años respondiendo a otro nombre.
Lo escribe él, no yo: la autora cambia el nombre del perro a mitad de libro. Doscientas diez páginas la madre lo llama por un nombre que significa algo, y a partir de ahí la hija lo llama por un sonido que no significa nada, porque la hija no estuvo el día de las patas blancas y no sabe de dónde viene. Por eso hay un plano en la guarda. Por eso la abuela habla con diminutivos. Por eso el capítulo treinta y ocho se titula «Lo que se dice en voz alta». El libro entero va de quién pone los nombres y quién los hereda sin el manual.
Mismo día, por la tarde. Lo he leído dos veces para asegurarme y es verdad. Y yo había leído la novela entera antes de empezar, en diciembre, con el plano y todo. No lo vi. Llevo treinta y un libros traducidos y leo buscando la voz: cómo respira una frase, dónde se le nota el acento al narrador. Los nombres los doy por hechos. Un traductor de dos libros, que todavía lee contando palabras una a una, se paró en la que yo había pasado por encima treinta veces.
28 de enero. Le propongo lo único que sale: el perro se llama Botas hasta la página doscientos once y Boots desde ahí. Las dos cosas que defendíamos, cada una en su sitio. Él contesta que va a parecer un error. Le digo que se lo explicamos a Eduvigis los dos, con la página delante.
29 de enero. Eduvigis dice que sí, que lo quiere por escrito en el informe de traducción y que no se lo digamos al corrector hasta el final. También dice, y esto lo apunto porque no se lo he oído nunca en nueve años: «Entonces lo habéis leído.»
1 de febrero. El corrector se ha adelantado y ha marcado el perro en amarillo cuatro veces, con la nota «unificar». Gorka le ha contestado antes que yo, con la página y la frase, y ha añadido una línea que no le he pedido: que el error fue suyo y que yo lo avisé el dieciséis de enero. No hacía falta. Lo deja escrito igual.
4 de febrero. Vamos por el veinticuatro y llegamos. Hoy me ha mandado una duda de una línea, la primera que me manda sin resolverla él antes. Debajo había pegado, sin comentario, la frase de la página doscientos once: «El perro, que llevaba nueve años respondiendo a otro nombre, levantó la cabeza igual.»