Curiosidad · Del catálogo de Margen
Pagaron mil dólares a quien denunciara un enfermo de viruela

La viruela mató a unos trescientos millones de personas solo en el siglo XX, más que las dos guerras mundiales juntas, y es la única enfermedad humana que hemos conseguido borrar de la Tierra. Se declaró extinguida el 8 de mayo de 1980, en la 33.ª Asamblea Mundial de la Salud, que es la reunión anual de los ministerios de Sanidad del mundo.
En los últimos años de la campaña, la Organización Mundial de la Salud dejó de gastarse el dinero en vacunar a todo el mundo y empezó a gastárselo en encontrar enfermos: pagaba a maestros, a barberos y a vendedores de mercado por avisar, y llegó a ofrecer mil dólares —unos cinco mil de ahora— a quien denunciara un caso confirmado. Lo que viene a continuación va del final al principio, hasta el día en que a alguien se le ocurrió.
Diciembre de 1979. Antes de esa declaración hay una comisión internacional de científicos independientes que lleva dos años recorriendo los países que habían sido endémicos —hospitales, mercados, aldeas, listas de escolares— para poder firmar que no queda ni un caso. Una enfermedad no se declara extinguida cuando deja de aparecer: se declara cuando gente de fuera ha buscado durante dos años y no ha encontrado nada.
Birmingham, septiembre de 1978. Janet Parker, fotógrafa médica de la facultad de Medicina de la Universidad de Birmingham, trabaja en un cuarto oscuro situado justo encima de un laboratorio que todavía guarda muestras vivas del virus. Cae enferma a mediados de agosto y muere el 11 de septiembre. Es la última persona del mundo que muere de viruela, y para entonces la enfermedad ya no circulaba por ninguna calle: se la llevó un accidente de laboratorio. De aquel caso salió la decisión de juntar las muestras que quedaban en dos congeladores vigilados: desde 1984 el de los CDC, la agencia de salud pública estadounidense, en Atlanta, y desde 1994 el del centro Véctor, en Koltsovo, Siberia. Ahí siguen, inventariadas por acuerdo internacional.
Merca, Somalia, 26 de octubre de 1977. Ali Maow Maalin, veintitrés años, cocinero del hospital del puerto, aparece con fiebre y un sarpullido. Primero lo diagnostican de malaria; después, de varicela. Es un rastreador de la campaña de vacunación quien, al verlo, reconoce lo que tiene delante: viruela menor, la variante menos letal de las dos. Maalin es el último caso de viruela contraído de forma natural en la historia de la especie.
Y había trabajado como vacunador ocasional en esa misma campaña: había pinchado a vecinos suyos. A él no lo pinchó nadie. Contó después que esquivó su vacunación porque le daban miedo las agujas, y que pensaba que a él, trabajando donde trabajaba, no le iba a pasar nada. Sobrevivió. En las dos semanas siguientes al diagnóstico, los equipos localizaron uno por uno a sus contactos, vacunaron a todo el que vivía alrededor del hospital y dejaron vigilantes puerta por puerta en la ciudad. No apareció un solo caso más.
Maalin fue después coordinador local de las campañas de polio en su región y se pasó años convenciendo, casa por casa, a las familias que no querían vacunar a sus hijos; les contaba su propia historia como argumento. Murió de malaria en julio de 2013, en plena campaña.
Isla de Bhola, Bangladés, octubre de 1975. Rahima Banu, tres años, es el último caso natural de viruela mayor, la variante que mataba a uno de cada tres enfermos. No la encuentra un médico: la denuncia una niña de ocho años del pueblo que había oído que se pagaba por avisar de un enfermo, y que cobró por ello doscientas cincuenta takas, varias semanas de jornal en el delta. La campaña había aprendido que salía más barato comprar la información que buscarla, y tres años después, para cazar los últimos casos del planeta, la recompensa era de mil dólares. Rahima Banu sobrevivió y sigue viva.
India, 1975. El último caso del país se registra a mediados de mayo, y para llegar hasta ahí hubo que montar la operación más grande de toda la campaña. Poco antes, la India tenía más casos que el resto del mundo junto. El programa dejó de intentar vacunar a toda la población y se puso a buscar enfermos: más de cien mil rastreadores recorriendo casa por casa, aldea por aldea, durante una semana al mes, con una lámina de fotografías del sarpullido en la mano para preguntar a la gente si había visto algo parecido. Se pagaba a maestros, a barberos y a vendedores de mercado por avisar. Se montaban búsquedas en estaciones de tren y en romerías.
Ginebra, 1 de enero de 1967. Arranca el Programa Intensificado de Erradicación, que dirige desde la sede de la Organización Mundial de la Salud el epidemiólogo estadounidense Donald Henderson. Los números del enemigo: entre diez y quince millones de casos al año, unos dos millones de muertos, treinta y un países donde la viruela era endémica. Los números del equipo: un presupuesto internacional de unos dos millones y medio de dólares al año. La Asamblea había votado erradicar la viruela ocho años antes, en 1959, y en esos ocho años casi no había pasado nada.
Dos cosas cambiaron esa proporción absurda entre el problema y el dinero.
La primera es un objeto. En 1965, un año antes de que Foege llegara a Ogoja, Benjamin Rubin, microbiólogo de los laboratorios Wyeth, aplanó el ojal de una aguja de máquina de coser y le abrió una muesca en forma de horquilla. Entre las dos puntas quedaba atrapada, por capilaridad, exactamente una dosis de vacuna. Con esa aguja bifurcada un vacunador gastaba una cuarta parte de la vacuna que exigía el método anterior, aprendía a usarla en un cuarto de hora y la esterilizaba hirviéndola. Wyeth renunció a cobrar derechos por ella mientras durase la campaña.
La segunda explica por qué se pudo borrar la viruela y no se ha podido borrar casi nada más. La viruela no tiene depósito animal: no se esconde en vacas ni en mosquitos esperando a volver. No tiene portadores sanos: quien la lleva, la enseña, y la enseña en la piel, desde la puerta de casa y sin análisis. Tarda unas dos semanas en pasar de un enfermo al siguiente, que es una eternidad para quien la persigue. Deja inmunidad para toda la vida. Y se puede vacunar después del contagio: si pinchas a alguien en los tres o cuatro días siguientes a haber estado con un enfermo, la enfermedad no llega a declararse o llega muy suave. Hay una ventana para llegar antes que el virus.
Y se ganó con una fracción de la vacuna que el manual exigía, porque el método entero lo improvisó un médico al que se le habían acabado las dosis.
Ogoja, Nigeria, diciembre de 1966. Un mes antes de que arrancara el programa, William Foege, médico de treinta años destinado en un hospital de misión del este de Nigeria, se encuentra con un brote y con el problema de siempre: la vacuna que le han mandado no da para vacunar ni de lejos a toda la provincia. El manual de entonces pedía vacunar a ocho de cada diez habitantes de un territorio para parar la enfermedad.
Foege hizo la cuenta al revés. Si el virus solo viaja de un enfermo visible a quien convive con él, no hace falta proteger la provincia entera: hace falta rodear a cada enfermo. Pidió por radio a las misiones y los dispensarios de la zona que le dijeran en qué aldeas había sarpullido, marcó esos pueblos en un mapa y mandó a sus vacunadores a pinchar únicamente a las familias, los vecinos y los visitantes de cada caso. Un cerco alrededor de cada chispa, en vez de mojar el bosque entero.
La viruela desapareció del este de Nigeria con una fracción de las dosis que el manual pedía y con una cobertura de vacunación que, sobre el papel, era insuficiente. Henderson acabó adoptando el método para todo el programa, con un nombre menos bonito: vigilancia y contención. Aquella Navidad, sin embargo, lo único que había era un epidemiólogo con unos pocos miles de dosis y una provincia de cientos de miles de habitantes, gastándolas enteras en las casas que rodeaban a los enfermos que le habían marcado en el mapa.