
2026. En el Museo Británico se conserva una tablilla de arcilla del tamaño de una mano, escrita por las dos caras en cuneiforme, la escritura de cuñas de Mesopotamia. Es la reclamación de un cliente llamado Nanni, furioso porque le habían vendido cobre de mala calidad hace 3.750 años: la queja de consumidor más antigua que se conserva escrita.
Años treinta del siglo XX. Una excavación en Ur, ciudad del sur del actual Irak, saca de una casa particular un montón de tablillas archivadas. El dueño se llamaba Ea-nasir y comerciaba con cobre traído por el golfo Pérsico. Entre lo que guardaba hay varias cartas de clientes enfadados. Las conservó todas.
Hacia 1750 antes de Cristo. Nanni manda a un mensajero con plata para comprar lingotes. Le dan metal peor del pactado y encima tratan mal al hombre, que ha cruzado territorio enemigo. Nanni le dicta a un escriba una carta que hoy cabría en cualquier hilo de reclamaciones: no acepta ese cobre, quiere su plata de vuelta y avisa de que a partir de ahora escogerá los lingotes uno por uno y en persona.
No sabemos si cobró. Sabemos que Ea-nasir se llevó aquella carta a su casa y la guardó junto a las demás el resto de su vida, y que de todo aquel negocio de cobre lo único que ha llegado hasta nosotros es el archivo de los clientes a los que dejó descontentos.