Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen
Serafín Mardones llama a las tres y catorce

Antes: Olalla, revisora del 803, encontró en el archivo la lista de 1998: ochenta y siete firmas para un tren que no llegó a salir.
Quedan nueve noches. A las siete menos cuarto de la tarde, Casilda Trigo, jefa de estación de Ribadeña, contestó por fin la pregunta que Olalla Berruezo, revisora del 803, le había dejado colgada la víspera.
—Casa por casa —dijo—. Las ochenta y siete las recogió Amelia Sanchís, ella sola, en once días. Está escrito en el oficio de la Delegación, mira: «presentadas por la Sra. Sanchís, maestra». Y ahora vete a trabajar, que son las siete.
Olalla se fue a trabajar.
A las 23:40 el 803 salió de Ribadeña con las luces encendidas y cincuenta y dos asientos limpios. A las 23:52, en Sotoclaro, Fermín Aizpún, maquinista que se jubila dentro de nueve días, frenó sin que nadie se lo hubiera pedido y abrió la puerta uno.
Subió una mujer de unos setenta años con un chubasquero verde y un bolso de plástico rígido, y se quedó de pie en el pasillo hasta que Olalla llegó desde el otro extremo del vagón.
—Rosario Vidán —dijo—. Peluquera. Bueno, peluquera hasta 2014. Ahora nada.
—Señora Vidán, este tren no lleva viajeros.
—Ya me lo han explicado dos veces. —Abrió el bolso y sacó un sobre de los que se cerraban humedeciendo la solapa—. La doce.
Era la misma cartulina fina, con los recuadros de las estaciones puestos en columna: Ribadeña a Puente Alcor, ida, 14 de noviembre de 1998, sin picar. En el margen rojo de la lista que Olalla había leído esa misma tarde, el número doce decía «Vidán Otero, Rosario. Peluquera. Ermua del Río».
A las 00:11 el tren volvió a frenar. Vallonga sigue sin luz, sin taquilla y sin aparecer en el cuadro de mandos, y debajo de la marquesina de chapa esperaba Amelia Sanchís, maestra jubilada de Ribadeña, con el mismo abrigo azul marino de la primera noche.
Se sentó en la fila cuatro. Rosario Vidán se sentó en la seis. No se saludaron, y las dos hicieron como que aquello era normal.
Olalla se puso delante de Amelia con la picadora en la mano, sin usarla.
—Señora Sanchís. Tiene usted ochenta y siete billetes y quedan nueve noches.
—Ochenta y seis —dijo Amelia—. El mío lo llevo aparte.
—Ochenta y seis, entonces. Si sube a nueve por noche, le salen justos y sobra uno. ¿Por qué me trae de uno en uno?
Amelia miró por la ventanilla, donde a esa hora no hay nada que mirar.
—Porque de nueve en nueve no sirve.
—¿Por qué no sirve?
—Pregúntemelo otro día.
El 803 llegó a Puente Alcor a la 1:36 y volvió a salir a las 1:50. Amelia se bajó en Vallonga a las 3:02. Rosario Vidán se bajó en Sotoclaro a las 3:09 y se despidió con un «hasta luego, guapa» de peluquería que a Olalla, en un tren clausurado a las tres de la mañana, le pareció una insensatez y una alegría a partes iguales.
A las tres y catorce sonó el teléfono de servicio de la cabina.
Fermín lo miró como se mira una avispa dentro del coche.
—A esta hora solo llama uno —dijo.
Serafín Mardones es el jefe de servicio de la operadora: firma los cuadros, firma las sanciones y trabaja en una oficina a ciento cuarenta kilómetros de la vía. Olalla descolgó.
—Berruezo. —La voz venía despierta, no recién levantada—. Tengo delante el registro de puertas del 803. ¿Le digo yo los datos o me los dice usted?
—Dígamelos usted.
—Cuatro aperturas de puerta no programadas en el punto kilométrico treinta y uno con dos. Noches del catorce, del quince, del diecisiete y de hoy. Dos de ellas con parada completa de treinta y un segundos. El punto kilométrico treinta y uno con dos es un apeadero clausurado en 2011.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, es un apeadero clausurado en 2011.
Hubo tres segundos de nada.
—Le voy a explicar cómo funciona esto, Berruezo, porque me da la impresión de que se cree que el tren es suyo porque va usted sola dentro. El servicio lo cubre la empresa, la vía la levanta la Administración el día 31, y el seguro del 803 cubre exactamente a las personas que la empresa haya autorizado a ir a bordo. Esta noche había dos personas más de las autorizadas. Que son cero.
—Lo apunto en el parte.
—No lo apunte. Escúcheme. El día 31 hay acto: viene el subdelegado, viene el periódico de la comarca y viene un fotógrafo que pagamos nosotros. Si ese día aparece un solo pasajero en ese tren, el expediente no lo abro contra Aizpún, que se jubila esa misma mañana y no me sirve para nada, ni contra una señora de ochenta años que me dejaría de miserable en la portada. —Mardones hizo una de esas pausas administrativas que se hacen para que quede constancia—. La que responde es usted, Berruezo. Usted es la responsable del servicio a bordo y usted firma el parte cada noche.
Olalla se quedó con el teléfono en la mano y el vagón entero detrás, vacío otra vez.
—Y una cosa más, para que no me diga luego que no se lo avisé —dijo Mardones—. Las nueve noches que quedan las voy a leer una por una, en ese mismo registro, a esta misma hora.