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Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen

Casimiro Lete escribió el libro que iban a triturar

Antes: Ainhoa Cortabarria verifica los 214 títulos que el Estado va a triturar. En el albarán del depósito hay un nombre a mano: Casimiro Lete.

Ciento ochenta y seis. Ainhoa Cortabarria escribe la cifra del día en la pizarra de la sala 2 y baja al fondo antiguo con el albarán doblado en el bolsillo del guardapolvo, porque en veinte días de verificación ha aprendido que las preguntas se resuelven abajo, donde todavía no ha entrado el escáner.

Otilia Bergua, catalogadora del fondo antiguo desde hace treinta y un años, trabaja con un fichero de madera que el Programa Nacional de Desduplicación no contempla en ninguno de sus formularios. No es que se haya resistido a la digitalización: es que nadie ha bajado nunca a hacerla.

—Necesito saber quién es este señor —dice Ainhoa, y deja el albarán abierto por la casilla de RECIBIDO POR.

Otilia lee el nombre sin tocar el papel. Luego abre el cajón de la letra L y saca una cartulina amarilla mecanografiada, con una corrección a tinta en el margen.

—Lete, Casimiro —lee—. «Oficios de invierno», Huesca, 1974, imprenta Tramullas. Este hombre no trabajaba en el depósito, hija. Es el autor.

—Y mira el pie —añade, y gira la cartulina—. Domicilio del autor a efectos de depósito legal: Ayerbe, Huesca. Eso lo escribió alguien a máquina en 1974 y nadie lo ha vuelto a tocar.

Otilia deja la cartulina en el borde de la mesa y se queda con la mano encima, como quien sujeta un billete.

—Y apúntame tú una cosa a cambio. En este sótano hay cuatro mil doscientos títulos y el programa dice que sobran tres mil ochocientos. Llevo treinta y un años poniendo cartulinas y me van a dejar cuatrocientas. Si a ti te sirve de algo este señor, dime lo que necesites y yo te lo busco, que a mí ya no me queda nada que ordenar.

Ainhoa apunta el pueblo en el dorso del albarán antes de darse cuenta de lo que está haciendo. Un autor con domicilio conocido deja de ser un dato de catálogo: es una persona a la que se puede llamar por teléfono.

Ainhoa deja la carpeta encima del fichero y la vuelve a coger. El ejemplar 215 es «Oficios de invierno»: doscientas cuarenta páginas de un libro que el sistema declaró destruido en marzo, con anotaciones a lápiz fechadas en 2036 y firmadas C. L. La cartulina lleva la firma del depósito legal al pie. La misma inicial doble, la misma manera de cerrar la ele, que baja por debajo del renglón como un anzuelo.

—¿Puedo subirme la cartulina? —pregunta.

—Puedes subirte el cajón entero si me lo devuelves —dice Otilia—. A mí me lo van a triturar igual.

En la sala 2, con la puerta cerrada, Ainhoa pone las tres cosas en fila sobre la mesa de restauración: la cartulina de 1974, el albarán de 2037 y la página once del ejemplar 215. Las tres tienen la misma letra pequeña e inclinada, y las tres cierran la ele con el mismo anzuelo. No hace falta un perito calígrafo. Las anotaciones a lápiz las escribió el autor del libro.

Y no son correcciones de estilo. En la página once, al lado de un párrafo sobre las escuelas de invierno, hay una llamada y una frase entera en el margen: «esto no lo escribí yo». En la cuarenta, otra: «tampoco». En la ciento nueve, una raya vertical que recorre tres párrafos y, debajo, dos palabras que Ainhoa lee tres veces antes de copiarlas en el parte: «poner nombre».

A las once y veinte aparece Fabián Múgica, transportista del depósito externo, con el mono azul y una carpeta de anillas más gorda que la del día anterior.

—Las salidas del 36 —dice—. Me han costado una bronca, porque eso no se saca de allí. Está fotografiado con el móvil, así que no le pidas mucho.

Son cuatro folios apaisados con las columnas corridas: FECHA, SIGNATURA, DESTINO, SOLICITANTE, DOCUMENTO, FIRMA. Fabián le señala la línea catorce con la uña.

—Ahí tienes tu libro. Doce de noviembre de 2036.

Ainhoa acerca la pantalla a la lámpara. En la columna del solicitante, escrito a máquina: LETE ARBUÉS, CASIMIRO. En la del documento, un número de identidad y, entre paréntesis, la edad que constaba ese día: 87 años. Y en la última columna, ocupando dos casillas porque no cabía en una, la firma. La misma ele con anzuelo.

—Entonces no vino nadie a llevárselo —dice Fabián.

—Vino él —dice Ainhoa—. Con ochenta y siete años, a doce kilómetros de su casa, a rellenar un impreso de tres copias para sacar un libro que llevaba desde 1974 firmando. Y a los cuatro meses lo devolvió lleno de lápiz.

Fabián se apoya en el marco de la puerta. Lleva veinte años moviendo palés entre la biblioteca y el depósito y no ha visto nunca la columna del solicitante rellenada por el autor de lo que se llevaba.

—Pues o le sobraba tiempo o le faltaba algo.

Ainhoa vuelve a la página once. La llamada al margen, la letra que baja por debajo del renglón, la frase que niega tres párrafos de su propio libro. Un hombre que había firmado ese texto durante sesenta y dos años fue a buscarlo para escribir dentro que una parte no era suya.

Copia el número del día en la cabecera del parte, 186, y debajo escribe el dato entero, tal como se lo van a pedir cuando esto llegue a la inspección: Casimiro Lete Arbués, ochenta y siete años entonces, firmó con su propia mano la salida de su propio libro el 12 de noviembre de 2036, y el impreso lo selló la misma oficina que dos años después lo dio por triturado.

Y debajo del dato, subrayada dos veces, la única línea que le importa esta mañana: ¿qué fue a corregir Casimiro en un libro que ya era suyo?