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Idea · Del catálogo de Margen

El bastoncillo mete la cera más adentro del oído

Tienes un bastoncillo en la mano y la sensación de que estás haciendo algo útil. La prueba parece evidente: sale cera pegada al algodón. Lo que no se ve es la parte que no sale.

El conducto auditivo no es un tubo sucio que haya que fregar. Es una cinta transportadora. La piel que lo recubre crece desde la zona del tímpano hacia la salida, a algo más de un palmo de velocidad al año, y va arrastrando hacia fuera las escamas y la cera que se producen en el tercio exterior del conducto; masticar y hablar, que mueven la mandíbula pegada a esa pared, le dan el empujón que le falta. Al final de ese viaje la cera aparece sola en la entrada de la oreja, que es el único sitio donde hay que recogerla.

La cera, además, está haciendo un trabajo mientras viaja: es ácida, atrapa polvo y pelusa, y mantiene la piel del conducto impermeable y flexible. Un conducto limpísimo no es un conducto sano; es un conducto a la intemperie, que pica y se irrita.

Un bastoncillo tiene el diámetro del conducto de un adulto. Eso significa que no coge la cera: la empuja. La poca que queda en el algodón es la que ya estaba en la entrada —la que iba a salir sola de todos modos— y el resto se va al fondo, donde no hay cinta transportadora que valga porque esa zona ya no migra. Ahí se compacta contra el tímpano y forma el tapón que te lleva a la consulta.

La guía de práctica clínica sobre el tapón de cerumen de la Academia Americana de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello, que es la referencia internacional en esto, recomienda expresamente no usar bastoncillos ni ningún objeto introducido en el conducto, y desaconseja también los conos o velas de oído, que no extraen nada y añaden quemaduras y cera de vela a la lista de cosas que hay que sacar.

Esto es lo que conviene hacer.

Si no notas nada, no hagas nada. Un oído sin síntomas no necesita limpieza, aunque se le vea cera a la entrada: eso es la cinta transportadora funcionando.

Para lo de fuera, la toalla después de la ducha y hasta donde llegue el dedo por el pabellón de la oreja. Nada que haya que meter.

Si llevas audífono o tapones de los de dormir, la cinta transportadora lo tiene más difícil: el aparato ocupa el conducto y frena la salida. No cambia lo que hay que hacer, cambia la frecuencia con la que conviene que te miren el oído, que en ese caso es una vez al año aunque no notes nada. A partir de los sesenta pasa lo mismo por otro motivo: la cera se vuelve más seca y avanza peor.

Si notas el oído taponado, que oyes como con algodón, o te pica, o te zumba, lo que ablanda la cera son unas gotas: aceite de oliva templado, agua con bicarbonato o los productos de farmacia para eso. Dos o tres gotas en el oído, tumbado de lado, dos veces al día durante tres a cinco días. Muchos tapones se caen solos con eso.

Si no se cae, la extracción es en consulta, y hay tres maneras: las propias gotas, un lavado con agua a temperatura del cuerpo y la aspiración o el instrumento bajo visión directa. Elige la consulta, no el vídeo: una jeringa de cocina a presión puede perforar.

No te laves el oído en casa, ni en consulta sin decirlo, si has tenido una perforación, si te han puesto drenajes, si te han operado del oído o si tienes diabetes o defensas bajas: en esos casos el lavado es justo lo que no se hace.

Y pide cita, sin esperar a probar gotas, si duele, si sale líquido o sangre, si pierdes audición de golpe o si te da vértigo. Eso no es un tapón: es otra cosa y no espera.

Si llevas tres semanas con gotas y el oído sigue tapado, también es consulta. Lo que no arregla nada, ni esta semana ni la que viene, es volver a meter el bastoncillo.

Mañana, al salir de la ducha: sécate la oreja con la toalla por fuera y deja el conducto en paz. Si notas el oído tapado, pon la caja de bastoncillos en el cajón del baño donde no la veas y compra en la farmacia unas gotas para ablandar cera.