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Curiosidad · Del catálogo de Margen

En 1957 soldaron una tapa sobre un pozo nuclear y voló

La tapa cerraba la boca de un pozo abierto en el desierto de Nevada, encima de una carga nuclear pequeña: cuatro pulgadas de acero, diez centímetros, soldadas al tubo. El 27 de agosto de 1957, en el ensayo llamado Pascal-B, la carga se disparó y la tapa desapareció. Nunca se encontró.

El físico que la había puesto se llamaba Robert Brownlee y trabajaba para Los Álamos, el laboratorio de armas nucleares de Nuevo México. Su encargo era aprender a tapar. Aquel verano, en la operación Plumbbob —una serie de casi treinta ensayos en Nevada—, los disparos subterráneos estaban empezando y nadie sabía todavía cómo encerrar una explosión bajo tierra. El experimento anterior de la serie, Pascal-A, se había disparado en un pozo sin tapar, y por la boca salió un chorro de fuego.

Para el siguiente le pusieron tapa, y Brownlee dejó dicho antes del disparo lo que iba a ocurrir con ella: que la tapa soldada se iba a soltar del agujero. No era una advertencia contra el experimento; era el experimento.

Para verlo pidió una cámara rápida apuntada a la boca del pozo. Cuando revelaron la película, la tapa aparecía en un solo fotograma. En el anterior no estaba y en el siguiente tampoco.

Conviene saber qué prueba ese fotograma y qué no. Prueba que la tapa cruzó el encuadre entre una imagen y la siguiente, y nada más. No es una medición de velocidad: nadie midió aquella tapa. La cifra que se repite desde entonces —unas seis veces la velocidad de escape de la Tierra, la velocidad a la que algo lanzado desde el suelo ya no vuelve a caer; es decir, unos 66 kilómetros por segundo— es un cálculo suyo, y lo contó él mismo en un texto de 2002, cuarenta y cinco años después. En ese mismo texto dejó escrito que sus cálculos no decidían nada en este punto.

Tampoco defendió nunca la versión más vistosa, la de que aquel trozo de acero fuera el primer objeto humano en salir al espacio. Decía que lo más probable era que el aire lo hubiese frenado, calentado y deshecho en los primeros kilómetros, y que de la tapa no quedara más que vapor de hierro sobre el desierto. A esa velocidad y a nivel del mar, el acero se vaporiza.

Del experimento quedó una conclusión de ingeniería, y esa sí es firme: taparle la boca a un pozo convierte la tapa en proyectil y no contiene nada. Lo que contiene es rellenarlo entero. Los ensayos subterráneos posteriores se sellaron con un tapón de capas alternas de arena, grava y lechada de cemento apiladas a lo largo de cientos de metros, para que el gas y el calor se gasten empujando material.

Desde entonces los pozos de ensayo se rellenan en vez de taparse. La tapa de acero se usó una vez.