Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un atasco de cien kilómetros duró doce días en 2010

Cien kilómetros de camiones parados durante doce días seguidos: eso fue lo que pasó en agosto de 2010 en la carretera nacional 110 de China, al noroeste de Pekín. La cola empezó a formarse el día 14 y no quedó deshecha hasta el 26. Es el atasco más largo que se ha documentado.
Tampoco fue un accidente. Un camión cruzado, un vuelco o una riada producen retenciones de horas. Para producir doce días hace falta que las cuentas de la carretera no cierren, y las de la 110 llevaban años sin cerrar.
Conviene situarlo en el mapa, porque el tamaño engaña. La nacional 110 es una de las grandes carreteras chinas: une Pekín con Yinchuan y mide 1.357 kilómetros. La cola se formó en el tramo del noroeste, entre Jining, en Mongolia Interior, y Huai'an, ya en Hebei, a unos ciento cincuenta kilómetros de la capital. Era una cola de mercancías en campo abierto, en la carretera por la que entra en Pekín el carbón del norte.
La 110 y la autopista Pekín-Lhasa, que van pegadas en ese tramo entre Mongolia Interior y la provincia de Hebei, son el camino por el que el carbón del norte entra en Pekín. Mongolia Interior sacó 602 millones de toneladas de carbón en 2009 y esperaba llegar a 730 en 2010. Ese carbón de más tenía que viajar de alguna manera, y el ferrocarril de la zona no daba para tanto: no había vías ni trenes suficientes para mover lo que se extraía. Así que subió a camiones. El tráfico de la carretera venía creciendo un 40 % cada año, y en el verano de 2010 circulaba por ella un 60 % más de vehículos de los que fue diseñada para aguantar.
Esa frase merece leerse dos veces, porque es el fondo del asunto. Una carretera no se dimensiona para el tráfico que le gustaría tener a la economía de la región, sino para el que cabe por ella. La de la 110 se trazó para el tráfico de una zona agrícola y minera, y acabó haciendo de cinta transportadora entre las minas de una provincia entera y la capital del país. Nadie decidió que fuera así: fue lo que quedó cuando la mina creció más deprisa que la vía del tren.
Una carretera al 160 % de su capacidad ya es una carretera mala. La convirtió en una cola de cien kilómetros lo que pasó cinco días después de que empezara el embudo: entraron las obras. Había que reparar el firme, precisamente porque los camiones de carbón lo estaban destrozando, y la reparación dejó la carretera con la mitad de capacidad. Una vía que recibía un 60 % más de tráfico del que podía absorber se quedó con la mitad del sitio para absorberlo. Y las obras no estaban previstas para acabar hasta mediados de septiembre.
A partir de ahí la cola solo podía crecer. Es aritmética de embudo: si entra más de lo que sale, la diferencia se acumula, y se acumula todos los días hasta que alguien cambia una de las dos cifras.
En la carretera 208, que corre en paralelo, funcionaba una estación de inspección del carbón donde se pesaban las cargas y se revisaba el papeleo. Los camioneros que iban sobrecargados o sin los documentos en orden se desviaban para no pasar por allí. Y se desviaban a la 110, que ya estaba al 160 % antes de recibirlos.
Lo que se vivía dentro de la cola está contado por los propios conductores. Hubo quien avanzó un kilómetro en un día entero. Hubo quien estuvo cinco días dentro, durmiendo en la cabina, saliendo a estirar las piernas por el arcén y volviendo a subir sin haber perdido el sitio, porque no había sitio que perder. Se jugaba a las cartas y al ajedrez entre los camiones, en el asfalto, con el motor apagado.
Y apareció una economía. Vecinos de los pueblos de al lado empezaron a subir a la carretera con bicicletas cargadas de comida y bebida, y a vendérsela a los conductores que no podían bajarse a buscarla. Una botella de agua que costaba un yuan se pagó a quince. Los fideos instantáneos se vendieron a más del triple de su precio. Los camioneros lo denunciaron en la prensa china y los vendedores siguieron subiendo, porque el mercado era cautivo en el sentido más literal de la palabra: cien kilómetros de clientes que no podían irse a otro sitio.
Mientras tanto, la televisión estatal china anunció que la situación había vuelto «básicamente a la normalidad». Los periodistas que estaban en la carretera contaron otra cosa: la cola seguía ahí, los vendedores seguían subiendo y los camioneros seguían durmiendo en la cabina. Esa distancia entre el parte oficial y el arcén es, en buena medida, la razón por la que el atasco de la 110 se hizo famoso en el mundo entero: no se contó desde un gabinete, se contó desde dentro.
El daño tampoco se quedó en los camioneros. La zona de Zhangjiakou, en Hebei, vive en parte del turismo de fin de semana que sale de Pekín, y el condado de Zhangbei llegó a perder un tercio de sus visitantes respecto a junio. Nadie compra una excursión a una comarca cuya única carretera sale en el telediario.
La cola se deshizo el 26 de agosto, y se deshizo cambiando una de las dos cifras del embudo. Las autoridades dejaron entrar más camiones en Pekín, sobre todo de noche, cuando la ciudad tenía restringido el paso al transporte pesado; y pidieron a las empresas de transporte que suspendieran los envíos o buscaran otra ruta. Ninguna de las dos medidas tocó la carretera: tocaron el caudal que entraba en ella. Y como la carretera siguió igual, con las obras en marcha hasta septiembre, la retención se volvió a formar en septiembre.
Ahí está lo que explica por qué fueron doce días y no doce horas. Una cola alimentada por un embudo no se estabiliza en un número alto: mientras entre más de lo que sale, crece, y no hay un punto en el que se llene. Lo que se llena es el sitio donde cabe. La 110 tiene mil trescientos kilómetros de sitio, así que la cola tuvo cien a su disposición y los fue ocupando a razón de poco más de ocho kilómetros diarios, hasta que alguien cerró el grifo por arriba.
Y queda el dato que mejor devuelve la escala de aquello, que no es ninguna de las cifras grandes. Hubo conductores que avanzaron un kilómetro en una jornada entera de cabina, arrancando y parando, con la mano en el freno y la vista en el camión de delante. Una persona andando hace cinco kilómetros por hora. Ese mismo kilómetro, a pie y sin prisa, son doce minutos.