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Relato · Del catálogo de Margen

Nicasio puso seis velas y la lámpara ya no sube

—¿Quién anda en el puente de carga a las dos y diez de la mañana?

—Soy yo, Cándida. Nicasio.

—Baja de ahí.

—Estoy arreglándolo.

—¿Arreglando qué?

—Lo de la araña. La lámpara grande del segundo acto, la de las seis velas. Esta noche se ha quedado cuarenta centímetros por debajo de su marca.

—Lo sé. He visto la cinta roja desde el patio de butacas, con la araña cuarenta centímetros más abajo y a Palmira de pie al lado del sofá en vez de sentada. Por eso he vuelto, que yo ya estaba en el coche. ¿Y tú qué estás arreglando exactamente?

—Le estoy poniendo los nueve kilos que faltan.

—Hacen falta kilos, eso es verdad. ¿Dónde los estás poniendo?

—Aquí.

—«Aquí» no es un sitio, Nicasio. Soy la jefa de maquinaria de este teatro desde hace treinta y un años y «aquí» no me dice nada. ¿Aquí dónde?

—En la araña. Tres lingotes de tres, atados con bridas por detrás, donde no se ven.

—Para. No ates nada más. Quítate las manos de encima y mírame.

—Están bien atados.

—No dudo de tus bridas. Baja los brazos. Ahora dime cuánto pesa la araña.

—Sesenta y dos kilos. Lo pone en la ficha de montaje.

—¿Y cuánto pesaba esta noche?

—Sesenta y dos más las velas. Setenta y uno.

—Más o menos. Luego afinamos esa cifra, que no es setenta y uno. ¿Y cuánto pesa con tus tres lingotes de tres?

—Ochenta.

—Eso dices tú, y ya volveremos a esa cuenta. Y en la cuna, al otro lado de la pared, ¿cuánto hay?

—…

—Dilo.

—Sesenta y dos.

—Sesenta y dos. Las puse yo, con la báscula al lado, el día del montaje. Así que llevabas ocho kilos largos descompensados y acabas de dejarlos en diecisiete. En la dirección mala, y la cuenta fina la hacemos luego. Si sueltas esa cuerda ahora, la araña no se queda donde está: baja ella sola hasta el suelo y se para cuando llega.

—Pero yo he añadido peso. Si el problema era el peso…

—Baja la linterna y apúntala al hueco de la pared. ¿Sabes lo que hay ahí dentro?

—La cuna.

—La cuna de contrapesos. La araña tira de la cuerda hacia abajo por un lado, la cuna tira hacia abajo por el otro, y las dos pasan por la misma polea del techo. Cuando las dos pesan lo mismo, están empatadas, y al empatarlas tú no mueves sesenta y dos kilos: mueves la diferencia, que es cero. Por eso la noche del estreno subiste esa barra con dos dedos y te hizo gracia.

—Me hizo gracia, sí.

—Pues esa gracia tiene un nombre y es el único invento de este oficio: la barra no pesa, la barra está empatada. Lo que tú notas en las manos es el roce de la cuerda y el engranaje, y poco más.

—Entonces una barra de media tonelada…

—La sube una señora de mi edad con una mano y el café en la otra, siempre que alguien haya puesto media tonelada de hierro al otro lado. Y ahí está lo que has hecho esta noche: echar nueve kilos de hierro en el lado que ya iba cargado. Es como ayudar a alguien que lleva una maleta pesada poniéndole otra maleta en la misma mano.

—Entonces los nueve kilos van en la cuna.

—Los kilos van en la cuna. Todos, y los que sean. Y van en el mismo turno en que se pone el peso arriba, nunca al día siguiente. Todo lo que sube al escenario tiene un gemelo de hierro al otro lado de la pared, y los dos se mueven juntos o no se mueve ninguno.

—Vale.

—Ahora la otra pregunta. Las velas.

—Las velas eran de plástico, con una bombilla de filamento naranja dentro.

—Las compré yo en 2019. Ciento veinte gramos cada una.

—Sí. Y el martes, en el segundo acto, una se salió del casquillo y cayó en la mesa, justo delante de Palmira. Rebotó una vez y se quedó al lado del jarrón. Ella siguió el texto sin mirarla.

—Eso no me lo había contado nadie.

—No lo vio nadie. Se oyó un golpecito y se pensaron que era de la mesa. Yo lo vi desde la caja.

—Sigue.

—Estuve el miércoles probando el casquillo y se vuelve a salir si la araña baja rápido. El plástico ha perdido el borde de tanto roce. Así que el jueves compré seis velas de cera de abeja, gordas como un puño y con rosca de metal en la base, y las puse. Esas no se salen.

—¿Y las pesaste?

—Un kilo cuatrocientos cada una. Y el plato dorado que les puse debajo por si algún día se encienden, seiscientos gramos. Nueve kilos justos.

—Los pesaste.

—Los pesé. Con la báscula azul del almacén, la de los sacos.

—Pues te sobran setecientos veinte gramos en la cuenta. ¿Qué hiciste con las velas de plástico?

—Las quité. Están en la caja de los cables.

—Entonces no son nueve kilos. Quitaste seis de ciento veinte gramos: setecientos veinte gramos menos. Ocho mil cuatrocientos de cera, más seiscientos de plato, menos setecientos veinte de plástico. Ocho con veintiocho.

—Y ahora el problema de verdad del oficio, que es este: los lingotes vienen de un kilo y de tres. Con eso no se hacen ocho con veintiocho.

—Pongo ocho.

—Pones ocho. Y te quedan doscientos ochenta gramos de carga sin compensar, que eso sí lo sostiene la cuerda, lo sostengo yo con una mano y no mueve la barra de su sitio. Doscientos ochenta gramos son el margen con el que se trabaja todos los días. Ocho kilos son una araña que se viene abajo sola con una actriz debajo.

—¿Y por qué aguantó tres noches, entonces? Si estaba descompensada.

—Porque el freno de la barra es de mordaza y agarra lo que le echen. Y porque tú estabas al otro lado de la cuerda haciendo de contrapeso con los brazos sin saberlo, que es lo que te pareció que «pesaba». Un freno de mordaza aguanta ocho kilos y aguanta diecisiete. Lo que no sabes es cuántas noches, ni con qué temperatura, ni con la cuerda de qué año. Y debajo se sienta Palmira.

—En la silla, no. En el sofá.

—En el sofá, que está justo debajo. Por eso la marca de la cinta roja está donde está y no cuarenta centímetros más abajo. Cuarenta centímetros son la diferencia entre una lámpara que se ve bonita encima de una escena y una lámpara a la altura de la cabeza de alguien que esta noche ha hecho el segundo acto de pie porque le estorbaba.

—Entendido.

—Nicasio, lo que has hecho con el casquillo está bien hecho. Lo digo en serio. Una vela cayéndose sobre una mesa a dos metros de una actriz es exactamente la clase de cosa que hay que arreglar el mismo miércoles. Y lo pesaste, que es más de lo que hacen la mitad de los que llevan veinte años aquí.

—Gracias.

—Y luego te has subido a este puente a las dos de la mañana a atar diecisiete kilos de desequilibrio a una lámpara que cuelga sobre el sitio donde se sienta Palmira.

—Dicho así…

—Corta las bridas. Los tres lingotes, en la bolsa. Yo abro la cuna.

—¿Y la barra? Si la suelto ahora con los ocho kilos de cera encima…

—Esa es la buena pregunta y es la primera que haces en todo el rato. No se suelta. Primero bajamos la araña al suelo del escenario y la calzamos, que así el peso lo aguanta la madera y no la cuerda. Después cargo yo los ocho kilos en la cuna, uno a uno, y los cuento en voz alta para que los oigas desde abajo. Y después la subimos, con las manos en la cuerda las dos, hasta la cinta roja, que es donde tiene que estar.

—Son cuatro minutos.

—Son cuatro minutos, sí. Los mismos cuatro minutos de hace tres noches, cuando pusiste las velas.

—Ya.

—Dame la bolsa.

—Toma.

—Y mañana me traes la vela de plástico que se cayó. La quiero encima de la mesa. Lleva cincuenta funciones puesta y ha elegido soltarse delante de Palmira: quiero saber si el casquillo está roto o si simplemente se ha aburrido.