← Todas las lecturas

Curiosidad · Del catálogo de Margen

Greenwich marca el cero 102 metros fuera de sitio

Plantas un pie a cada lado de la raya de latón del Real Observatorio de Greenwich, en Londres, sacas el móvil y la pantalla te dice que estás a 0° 00′ 05,3″ oeste. No estás en el meridiano cero. El cero que usa tu teléfono queda 102 metros más al este, donde no hay raya, ni placa, ni cola de turistas. Ninguna de las dos líneas está mal.

La raya de latón marca el meridiano de Airy, llamado así por George Airy, astrónomo real británico que en 1850 instaló allí su círculo meridiano, un telescopio fijo que solo mira hacia arriba y cronometra el paso de las estrellas por un punto del cielo. Ese instrumento fue el que quedó consagrado en 1884, cuando la Conferencia Internacional del Meridiano reunió en Washington a delegados de veinticinco países para decidir de una vez desde dónde contaba el mundo la longitud. Greenwich ganó con veintidós votos a favor y uno en contra.

El cero del GPS es de 1984 y se cuenta desde el meridiano de referencia del IERS, que no está clavado en ningún suelo: se calcula a partir de la posición media de decenas de observatorios repartidos por el planeta. Los satélites no miden sobre la Tierra real, con sus montañas y sus hondonadas, sino sobre un elipsoide liso, una pelota de cálculo llamada WGS84.

Lo que separa las dos rayas es una plomada.

Airy niveló su telescopio como se nivelaba todo en 1850: colgando un peso de un hilo y aceptando que eso era la vertical. Y lo era, la de aquel sitio. Una plomada obedece a la gravedad que tiene justo debajo, y debajo de Greenwich hay roca con densidades desiguales que tira del hilo ligeramente de lado. Los geodestas lo llaman desviación de la vertical, y en Greenwich hace que la longitud medida con las estrellas y la longitud medida con satélites se lleven unos 5,3 segundos de arco: un ángulo que cabe en la punta de un alfiler visto desde diez metros y que, proyectado hasta el suelo, se convierte en esos cien y pico metros.

La cuenta la hizo entera en 2015 el geodesta Stephen Malys con otros cuatro investigadores, en Journal of Geodesy. Hasta entonces la diferencia se explicaba de cualquier manera —que si el GPS había corregido los mapas británicos, que si alguien colocó mal la placa—, y a nadie le urgía comprobarlo porque a nadie le estorbaba, hasta que los turistas empezaron a llevar un receptor GPS en el bolsillo. Malys comparó la astronomía del XIX con las coordenadas modernas, midió la desviación y le puso número al hueco: 102,5 metros.

El observatorio no ha movido la raya ni va a moverla. Es el sitio exacto donde estuvo el telescopio que le puso la hora al mundo, y sigue vendiendo la foto. Que es más de lo que hizo Francia.

De los veinticinco países de 1884, dos se abstuvieron, y una de las dos siguió a lo suyo: Francia mantuvo el meridiano de París veintisiete años más para su hora, y hasta 1914 para la longitud de sus cartas náuticas. Cuando cedió la hora, en 1911, evitó escribir la palabra Greenwich en el boletín oficial. La ley definió la hora legal francesa como «la hora media de París retrasada nueve minutos y veintiún segundos», que es la de Greenwich dicha sin nombrarla.