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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

Nueve en la varilla y diez en el contador

Antes: un alud encerró a ocho personas en el refugio de Iratxeta y apareció una novena, Sabino Amantegui, guarda hasta 2022, que aún no habla.

El cuarto día amaneció con gasóleo para nueve días, y a las siete y diez Idoia Bergara, guarda del refugio y enfermera de urgencias hasta 2019, bajó al cuarto del generador a comprobarlo con la varilla.

Sabino Amantegui llevaba veinticuatro horas en la litera de abajo, tapado con dos sacos y una manta térmica, y no había dicho una palabra. Lena Bouzas, cuarenta y un años, anestesista, no dejaba que nadie le preguntara nada: un cuerpo que sale de una hipotermia tarda en poder sostener una frase, y a Sabino todavía le temblaba el pulso al coger el vaso.

La varilla de Iratxeta no viene de fábrica. Es una pletina de acero de un metro veinte que Idoia limó el día del alud: doce muescas separadas veinte litros, una por cada día de racionamiento. Cuatro horas de generador al día, cinco litros por hora, veinte litros diarios. Se mete por la boca de carga, se saca, se mira hasta dónde llega la mancha y se lee el número de la muesca. Es el instrumento más tonto del refugio y el que menos se avería.

Esa mañana la mancha pasaba un dedo de la novena muesca.

Idoia lo anotó en la libreta de tapas rojas y fue a cotejarlo con el otro número, el del contador de horas: un tambor mecánico de cinco cifras atornillado al bloque del motor, que gira cuando gira el motor y no hace nada más. Marcaba diez.

Hizo la cuenta en voz alta delante de Mercedes Arriaga, jueza de paz jubilada, que había bajado con ella porque desde el tercer día lleva la contabilidad del combustible en la contraportada del libro de firmas.

—Diez horas y veinte por cinco litros, cincuenta y un litros y medio. Doscientos cuarenta menos cincuenta y uno y medio, ciento ochenta y ocho. La novena muesca son ciento ochenta, y la mancha la pasa un dedo. Cuadra.

—Cuadra —dijo Mercedes—. Y es la primera cosa que cuadra en cuatro días.

Las diez horas y veinte cuadraban también por su lado, y eso fue lo que hizo que Idoia las diera por buenas. Los doscientos cuarenta litros del día del alud se midieron con el motor ya apagado: las dos horas del amanecer de aquel día se habían quemado antes y no cuentan. Después de esa raya solo hubo los veinte minutos de bombear agua al depósito de arriba. El segundo día, las cuatro de la ración. El tercero, el del hombre en el leñero, seis: las cuatro y las dos que Idoia encendió de más delante de todos, las que prometió recuperar quitando una hora de tarde a este día y otra al siguiente. Veinte minutos, más cuatro, más seis: diez horas y veinte minutos. El tambor solo enseña horas enteras.

Tres números independientes que decían lo mismo. Por eso nadie había vuelto a abrir el depósito en tres días.

Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club, lo confirmó desde el quicio sin que nadie le preguntara. El primer día había pedido un lápiz y cronometrado el gasto desde el primer giro del motor, y desde entonces apuntaba cada arranque y cada paro en el reverso de un sobre.

—Diez y veinte —dijo—. A mí me sale lo mismo.

Ramiro Bouzas estaba apoyado en el marco, mirando cómo Idoia limpiaba la pletina con un trapo. Cuarenta y cuatro años, montañero, carpintero de ribera: se gana la vida arreglando barcos de madera en una ría, y llevaba veinte años abriendo depósitos de gasóleo de embarcación. Esperó a que ella enrollara el trapo.

—Idoia. La varilla te dice hasta dónde llega el líquido —dijo—. No te dice qué líquido es.

—Es gasóleo.

—Arriba es gasóleo. Yo te hablo de abajo. En veinte años no he abierto un solo depósito de barco que no tuviera agua en el fondo. Entra sola, por condensación, y no se mezcla: el gasóleo pesa menos y flota. Lo que moja la varilla siempre es lo de arriba.

Idoia se quedó con el trapo en la mano el tiempo que tarda una persona ordenada en reconocer que ha medido bien la cosa equivocada.

—Este depósito tiene grifo de purga —dijo—. En el codo de abajo, a dos dedos del suelo. Se puso para eso.

—Pues ábrelo.

Fani Quiroga, geóloga, veintiocho años, subió por su caja de sensores y bajó con un frasco graduado de cristal de medio litro y una pipeta. Ramiro puso el frasco debajo del codo, Idoia abrió el grifo un cuarto de vuelta y lo cerró cuando el frasco llegó a la mitad.

Lo pusieron encima de la mesa larga, a contraluz de la lámpara de batería, y esperaron el minuto que tardan dos líquidos en decidir quién va debajo.

Se separaron en dos capas con una raya limpia en medio. La de abajo, transparente, sin color. La de arriba, ambarina.

—Agua —dijo Fani—. Y bastante.

—Eso no es condensación —dijo Ramiro—. La condensación son dos dedos al final del invierno. Esto es un tercio del frasco.

Lo que hicieron después les llevó hora y media y lo hizo Idoia con Ramiro y con Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda, que iba cambiando garrafas y cantando los litros. Abrieron el grifo de purga y fueron sacando por abajo a una garrafa de veinte, hasta que el chorro dejó de salir transparente y empezó a salir ambarino. Cerraron ahí.

Aitor cantó la cuenta: tres garrafas llenas.

Sesenta litros de agua en el fondo del depósito.

Mercedes Arriaga los apuntó en la contraportada y hizo la resta delante de todos, con la letra grande de quien levanta acta. Ciento ochenta y ocho litros marcaba la varilla. Sesenta eran agua. Quedaban ciento veintiocho de gasóleo.

Ciento veintiocho litros entre veinte litros al día son seis días. La varilla había prometido nueve.

Fani hizo el cálculo del otro lado, porque es lo que hace con todo:

—Sesenta litros de agua no entran solos en un depósito cerrado. O se suben en cubos del depósito de arriba, y son seis viajes por la escalera con el cubo lleno, o se derriten de nieve, y eso son tres o cuatro horas de olla grande encima de la estufa. Las dos cosas se hacen delante de la gente.

—Delante de la gente se hacen —dijo Idoia—. Echarlos, no. La boca de carga está en este cuarto.

El cuarto del generador es el único sitio de Iratxeta que se cierra con llave. La llave va en un manojo que Idoia no suelta, y Idoia lo soltó una vez en cuatro días: el tercero, cuando se lo pasó a Ramiro por el hueco de la puerta del leñero para que encendieran el generador cuarenta y cinco minutos antes de la hora, con ella arrodillada abajo, de espaldas, y ocho personas subiendo y bajando la escalera.

Ramiro dejó la garrafa en el suelo y se quedó mirando el manojo, que volvía a estar en el bolsillo de Idoia.

Aitor levantó la vista de la garrafa.

—¿Y los sesenta litros de gasóleo? Tres garrafas no salen de esta casa. La puerta de abajo lleva la nieve prensada hasta la mitad desde el primer día.

Nadie contestó.

Mercedes abrió el libro por la contraportada y leyó en voz alta lo que acababa de escribir.

—Tres días de gasóleo han salido de este depósito y no han salido de esta casa. Y encima les echaron sesenta litros de agua para que la varilla siguiera marcando nueve. ¿Quién ha abierto este cuarto desde el alud?