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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Pepsi compró 17 submarinos soviéticos en 1989

En 1989, Pepsi, marca estadounidense de refrescos, aceptó como pago 17 submarinos soviéticos viejos. El acuerdo también incluía un crucero, una fragata y un destructor. La compañía revendió aquellas naves como chatarra mediante una empresa noruega, de modo que nunca combatieron ni navegaron bajo su bandera.

Esa es la historia comprobable detrás de una leyenda mucho más vistosa: la afirmación de que una empresa de bebidas llegó a poseer la sexta armada más poderosa del mundo. La frase funciona en internet porque junta dos elementos difíciles de imaginar en la misma operación: latas de cola y submarinos militares. El problema es que convierte una forma de pago destinada al desguace en una fuerza naval operativa.

La relación había comenzado treinta años antes y sin un solo barco. En 1959, Moscú acogió la Exposición Americana, una muestra comercial en plena rivalidad entre bloques, y allí coincidieron Donald Kendall, que llevaba el negocio internacional de Pepsi, y el dirigente soviético Nikita Jrushchov.

Aquel día se produjo además el llamado debate de la cocina: Jrushchov y el vicepresidente estadounidense Richard Nixon discutieron en público junto a una cocina de muestra. Kendall consiguió que el dirigente soviético bebiera Pepsi delante de las cámaras, y la imagen valía más que cualquier campaña: el hombre más poderoso de la URSS probando un producto americano en Moscú.

La fotografía no entregó un mercado de un día para otro, pero sembró una relación comercial que iba a dar fruto. Kendall quería colocar su bebida en un país donde los productos de consumo occidentales apenas entraban, y solo como excepción. Su oportunidad llegó en 1972, cuando Pepsi se convirtió en el primer producto de consumo occidental fabricado y vendido dentro de la Unión Soviética.

Vender allí planteaba un obstáculo elemental. El rublo, moneda utilizada por la economía soviética, no era convertible. La empresa podía colocar refrescos, pero no podía recibir rublos y cambiarlos después por dólares para llevárselos a Estados Unidos. Una venta ordinaria dejaba de ser ordinaria justo en el momento de cobrar.

La solución fue el trueque. La parte soviética pagaba con vodka Stolichnaya, bebida destilada de producción soviética, y la compañía estadounidense obtenía el derecho de revenderlo en su propio país. Entraban concentrado y tecnología para producir refresco; salían botellas de vodka con valor comercial en un mercado donde sí podían convertirse en ingresos útiles.

No había una moneda internacional escondida entre ambos productos. Una bebida pagaba la otra. La operación dependía de que el vodka recibido pudiera venderse y compensara el valor del negocio soviético. Aquella fórmula sostuvo la relación durante años, pero ampliar la presencia de la marca exigía encontrar bienes capaces de cubrir un intercambio mayor.

El trueque tenía además un techo evidente. La marca solo podía crecer en la URSS al ritmo al que el vodka se vendía en Estados Unidos, porque cada botella despachada allí era, en la práctica, el cobro de un refresco servido en Moscú. Ampliar el negocio pedía un pago de otro tamaño, y la parte soviética seguía sin divisas convertibles que ofrecer. Lo que sí tenía, amarrado y envejeciendo en sus bases, era acero.

En 1989 aparecieron los buques. Los 17 submarinos no eran una compra naval concebida para patrullar, armarse o intervenir en ninguna guerra. Eran unidades viejas entregadas dentro de un acuerdo comercial. El crucero, la fragata y el destructor se encontraban en la misma situación: su destino económico era el metal, no el mar.

La empresa noruega que actuó en la reventa permitió convertir las naves en chatarra y esa chatarra en valor aprovechable. Pepsi figuró durante el proceso entre la parte soviética que pagaba y el comprador que desmontaría los barcos. Esa posición intermedia basta para decir que recibió una flota, pero no para atribuirle una armada.

Conviene imaginar la escena sin épica. Submarinos fuera de servicio esperando remolque, sin tripulación que embarcar ni misión que cumplir, con el soplete del desguace como único destino escrito. El valor de aquella «flota» se medía en toneladas de acero recuperable, y quien la compraba estaba comprando materia prima al peso.

Donald Kendall resumió la rareza del trato con una broma dirigida a Brent Scowcroft, consejero de seguridad nacional estadounidense: «Estamos desarmando a la Unión Soviética más deprisa que ustedes». El chiste era eficaz porque describía literalmente el destino del material. Mientras los gobiernos negociaban sobre armamento, una compañía de refrescos mandaba antiguos buques soviéticos hacia el desguace.

También explica por qué la anécdota sobrevivió mejor que los detalles. Una frase sobre una multinacional desarmando a una superpotencia cabe en un titular. La operación real necesita recordar la falta de convertibilidad del rublo, el trueque con vodka y la condición ruinosa de las naves. Cuando se quitan esas piezas, una liquidación de chatarra parece una transferencia de poder militar.

El negocio aún aspiraba a crecer. En 1990 se anunció un acuerdo valorado en 3.000 millones de dólares, con más fábricas y la llegada a Moscú de Pizza Hut, la cadena estadounidense de restaurantes. El tamaño mostraba hasta dónde había avanzado una relación iniciada con una fotografía en 1959.

Pero el acuerdo dependía de una estructura política y económica que estaba a punto de desaparecer. La Unión Soviética se disolvió en 1991. Con ella murió el marco que permitía organizar aquel intercambio gigantesco. Los planes de ampliación no sobrevivieron en los términos pactados, aunque la historia de los submarinos siguió circulando por su cuenta.

El mito suele saltar desde «recibió barcos» hasta «controló una de las mayores armadas». Entre ambas frases faltan la capacidad de navegar, una tripulación y una misión militar. Las naves carecían de valor operativo para la empresa y habían sido transferidas precisamente para ser revendidas como material recuperable. Llamarlas armada equivale a llamar flota de competición a una fila de coches camino del desguace.

Despojada de uniforme, la historia sigue siendo rara de sobra: pocas facturas se han cobrado alguna vez en submarinos.

Pepsi nunca tuvo la sexta armada del mundo. Tuvo durante una operación comercial 17 submarinos viejos y tres buques de superficie cuyo único rumbo comprobado era convertirse en chatarra vendida al peso.