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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Surtsey se cierra para que no entre ni una semilla

14 de noviembre de 1963. Un pesquero divisa una columna negra al sur de Islandia. La erupción ha empezado a unos 130 metros de profundidad y acumula ceniza y lava hasta alcanzar la superficie ese mismo día. Surtsey nace sin suelo antiguo, vegetación ni fauna terrestre, con un punto de partida que los científicos pueden fechar casi hora por hora. El 15 de noviembre, la nueva isla ya mide unos 500 metros de largo y entre 40 y 45 de alto.

1964. Las primeras campañas registran organismos del litoral, semillas flotantes y otras transportadas por aves. Los investigadores cuentan ejemplares, fotografían el terreno y recogen muestras para averiguar cómo llega cada especie.

19 de mayo de 1965. Islandia protege Surtsey mientras la erupción continúa. Solo se puede desembarcar con permiso y está prohibido introducir animales, plantas, semillas, tierra o residuos. El equipo se revisa antes de pisar la isla, pues una semilla adherida a una bota podría germinar, ser registrada como una llegada natural y falsear una observación mantenida durante décadas.

5 de junio de 1967. La erupción termina. Syrtlingur y Jólnir, los islotes volcánicos vecinos, acabarán desapareciendo bajo el oleaje; Surtsey conserva un núcleo de lava y toba de palagonita (ceniza volcánica que el agua ayuda a consolidar y endurecer). A partir de esta fecha, cada campaña deberá medir también el desgaste de una costa recién incorporada a los mapas.

Verano de 1969. Ágúst Bjarnason, botánico encargado del seguimiento de las plantas, encuentra una tomatera de unos quince centímetros. Ha brotado de una defecación humana mal gestionada. La arranca, la mete en una bolsa de plástico y se la lleva antes de que altere los recuentos. Bjarnason guarda el episodio durante 45 años, pero aquella intervención deja clara la fragilidad del registro: una sola planta ajena puede atribuirse por error a la colonización de la isla.

1989. Las campañas de finales de los ochenta ya muestran el efecto de las colonias de gaviotas. Los nidos y los nutrientes aportados por las aves enriquecen el suelo, y alrededor de esas zonas crecen manchas densas de vegetación; en los sectores expuestos, el viento y la sal frenan el avance. Las visitas autorizadas siguen rutas limitadas y cada muestra sale contada y etiquetada, de modo que las fotografías repetidas desde los mismos puntos permiten comparar cambios que proceden de la isla.

Julio de 2008. La UNESCO inscribe Surtsey en el Patrimonio Mundial durante la 32.ª sesión de su comité, celebrada en Quebec. La zona protegida suma 3.370 hectáreas porque abarca también el fondo marino que rodea la isla, mucho más extenso que la tierra emergida. El reconocimiento valora precisamente un proceso ecológico observado desde el nacimiento y preservado durante más de cuatro décadas mediante permisos, recorridos restringidos y una puerta cerrada al público.

2015. El registro de plantas vasculares cumple cincuenta años; son las especies que conducen agua y nutrientes mediante tejidos internos. Las fichas de las primeras campañas se comparan con imágenes recientes de las mismas laderas. Los biólogos reconstruyen la formación del suelo y relacionan la vegetación con la fauna, mientras los geólogos miden la erosión, el calor subterráneo y los cambios que el agua produce en los materiales volcánicos.

2026. La Agencia Medioambiental de Islandia, Umhverfisstofnun, gestiona la reserva, y la Surtsey Research Society organiza las expediciones científicas. Fotografías y modelos 3D permiten examinar la costa y la vegetación sin multiplicar los desembarcos. Surtsey es uno de los pocos lugares del planeta donde se puede reconstruir el origen de cada especie registrada desde 1964. El mar ya se ha llevado la mitad de la superficie máxima que Surtsey alcanzó en 1967.