
La mujer de la cinta dijo: «El sobre sigue debajo de la butaca catorce. Si viene Requena, no se lo deis». Vega apartó las manos de la mesa. En los auriculares acababa de oír su propia voz grabada en 1987. Ella había nacido en 1992.
Saúl Benet detuvo el magnetófono. Era productor de documentales y llevaba una semana alquilando aquel estudio por horas. Sobre el suelo tenía treinta casetes de Radio San Telmo, comprados con el archivo de un técnico jubilado. Quería sacar de allí una serie de tres episodios sobre programas que nunca llegaron a emitirse. Vega, editora de sonido, se ocupaba de escuchar, limpiar y fechar.
—Ponlo otra vez —dijo ella.
—Llevamos cuatro veces.
—Cinco no nos arruinarán.
La frase regresó con una respiración breve antes de «butaca». Luego alguien golpeó un atril y una voz masculina pidió empezar desde «si viene Requena». La mujer repitió la línea, más despacio. No era una llamada clandestina ni una conversación captada por accidente. Estaban ensayando.
En la caja, un adhesivo escrito a máquina decía PRUEBAS DE VOZ. Debajo, a bolígrafo: 14 / ORBE / H. ROLDÁN. Vega leyó las iniciales sin decir nada. Su madre se llamaba Helena Roldán y había trabajado como administrativa en una emisora durante los años ochenta. En casa nunca había mencionado un micrófono.
Saúl levantó el móvil para fotografiar la caja.
—Espera.
—Solo es la ficha.
—Lleva su nombre.
—Por eso es una ficha bastante buena.
Vega quitó el casete del aparato y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Saúl la miró, alarmado por aquel gesto.
—Ese material no es tuyo.
—Tampoco es tuyo para convertirlo en avance antes de saber qué cuenta.
El contrato les permitía digitalizar las cintas y usar fragmentos del fondo. No resolvía qué hacer cuando una prueba descartada señalaba a la madre de la editora. Saúl había pagado el alquiler, los derechos y dos meses de investigación. Vega podía irse y dejarle el resto de las bobinas, pero la voz ya había salido.
Abrió el casete. La carcasa no tenía tornillos; había que separar las pestañas con una púa fina. Dentro encontró una tira de papel doblada, colocada allí para que la cinta no golpeara. No era un mensaje oculto. Era la esquina arrancada de un guion: «Palacio Orbe, escena 6. Clara vuelve al patio de butacas». En el reverso quedaba una lista de reparto. Helena figuraba como Clara. Junto a su nombre, alguien había escrito «demasiado joven para sonar cansada».
—Tu madre actuaba —dijo Saúl.
—Mi madre se pone nerviosa al pedir pan.
—Las dos cosas caben en una persona.
Vega devolvió el papel a la mesa. Saúl buscó Palacio Orbe en la hemeroteca digital. Aparecieron anuncios de una compañía ambulante y una nota de 1987: la radio preparaba una ficción semanal, pero el patrocinador se retiró antes del estreno. Ningún episodio se emitió. El nombre de Helena no figuraba en la noticia.
Quedaba una hora de estudio. Escucharon la cinta completa sin hablar. Helena probaba cinco escenas. En una hacía de anciana; en otra, de niña que llamaba desde una estación. A mitad de la cara B, el director la felicitaba por una risa y ella respondía con una carcajada que Vega conocía desde la cocina de casa. El parecido no dependía de una frase ni de un filtro. Estaba en cómo las dos mordían las erres y tomaban aire antes de una palabra larga.
Al llegar al final, Saúl volvió a la primera escena.
—Esto abre el episodio.
—No hasta que hable con ella.
—Si dice que no, ¿qué hacemos?
—Buscas otra cinta.
—No hay otra con esta historia.
—Todavía no sabes cuál es la historia.
Helena vivía a veinte minutos. Vega no quiso llamarla desde el estudio. Se presentó en su piso con el casete dentro de una bolsa transparente, sujetándolo lejos del cuerpo. Su madre estaba pelando judías sobre papel de periódico.
—¿Palacio Orbe? —preguntó Vega.
El cuchillo se quedó a mitad de una vaina.
—¿De dónde has sacado eso?
Vega puso la cinta en un reproductor pequeño. A Helena le bastaron seis segundos. Se sentó, limpió la hoja del cuchillo con el pulgar y pidió que parara.
—No era administrativa —dijo Vega.
—También lo era. De nueve a cinco. Las pruebas eran por la noche.
Helena había estudiado interpretación sin contárselo a sus padres. En Radio San Telmo grabó anuncios, separadores y pilotos que pagaban poco. Palacio Orbe iba a ser su primer papel con nombre. La frase del sobre no la había escrito el guionista. Durante el ensayo faltaban dos páginas y el director les pidió improvisar una despedida.
Requena era un representante real. Una semana antes había dejado para Helena una oferta de gira bajo la butaca catorce del Teatro Mirall. Ella recogió el sobre, leyó las fechas y lo devolvió. Su padre estaba enfermo, su sueldo pagaba parte del alquiler y la gira duraba nueve meses. En el ensayo usó el apellido porque lo tenía atravesado. Después pidió repetir la toma con el texto correcto. La cinta catorce conservó ambas.
—¿Te quedaste por el abuelo? —preguntó Vega.
—Me quedé porque tuve miedo y porque él estaba enfermo. En ese orden algunos días; al revés, otros.
—¿Y por qué no volviste?
Helena separó otra judía.
—Porque al año siguiente ya me daba vergüenza decir que quería volver. Luego conocí a tu padre. Luego naciste tú. La gente coloca los años uno detrás de otro y parece que forman una decisión. Yo iba llegando al viernes.
Vega le explicó el documental. Helena no quería que la cinta apareciera como el secreto triste de una madre sacrificada. Tampoco quería esconder que había actuado. Pidió escuchar las demás pruebas antes de decidir. El domingo, las tres se reunieron en el estudio: Helena, Vega y la voz de 1987. Saúl se quedó en la cabina, con el micrófono apagado.
En la cinta diecisiete, Helena imitaba a un árbitro. En la veintidós cantaba una cuña para una tienda de colchones y se equivocaba tres veces con «ergonómico». Se rio hasta llorar. Al llegar a la catorce ya no pidió que la detuvieran.
—Puedes usarla —dijo—, pero sin violines debajo. Y cuentas que devolví el sobre porque me asusté. No me conviertas en santa.
Saúl encendió el interfono.
—¿Quieres decirlo tú?
Helena miró a Vega.
—Si ella me graba.
La entrevista duró cuarenta minutos. Helena habló de las pruebas nocturnas, del sueldo de la emisora y de Requena. Cuando se quedó sin palabras, Vega no llenó el hueco con una pregunta. Esperó desde el otro lado del cristal. Saúl tachó del guion la frase «una carrera abandonada por amor» y escribió «una actriz que devolvió una gira».
Antes de irse, Helena pidió una copia de todas sus pruebas. Vega preparó una carpeta con fecha y número, pero su madre cambió los nombres de los archivos: «árbitro», «colchones», «señora cansada». Escucharon la cuña una vez más en los altavoces grandes. Saúl, que ya había apagado la cámara, tuvo que salir de la cabina porque las tres equivocaciones con «ergonómico» le hacían reír durante la toma.
Vega le preguntó si quería buscar a Requena. Helena negó con la cabeza. Habían pasado treinta y nueve años y no necesitaba convertir la gira en una segunda oportunidad tardía. Quería la grabación, una comida y volver a casa con tiempo para el autobús. Guardó el casete original en la bolsa y entregó a Vega la copia digital.
Dos semanas después montaron el primer episodio. La cinta catorce abría con el sobre y la butaca. Después entraba Helena, ya con sesenta y siete años: «Esa joven soy yo intentando sonar cansada». Vega dejó juntas las dos voces, sin efecto de eco y sin explicar el parecido.
En la última escucha, Helena señaló una respiración de la toma antigua.
—Ahí haces tú lo mismo.
Vega rebobinó y acercó la cabeza al monitor. La mujer de 1987 tomó aire antes de decir Requena. Desde la cabina, Helena respiró con ella. Vega pulsó grabar.