Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen
Amaro admite que lo supo desde el primer día

Antes: Elsa Trigo, apicultora, descubrió que las once colmenas sin miel esconden semillas etiquetadas por su tío Ovidio y las iniciales de vecinos quemados.
29 días para que el camión suba las colmenas a la sierra. Amaro Cid, veterinario de la comarca, llegó al colmenar de Elsa a las siete de la mañana con las manos llenas de barro y un termo pequeño. Traía la confesión escrita en la cara.
—Fui yo —dijo, antes de sentarse—. Yo llevé las cajas.
Elsa dejó el ahumador en el suelo y le miró desde el otro lado del banco.
—¿En 1994?
—El 24 de julio. Ovidio y yo, en la furgoneta del ayuntamiento. Once cajas selladas con cera de la vieja. Elegimos las colmenas más profundas de la ladera este, porque el guardia forestal no bajaba por ahí. Yo sabía cerrar la panza de la colmena sin partir el marco: era el único oficio de la comarca que se acaba antes de aprenderlo.
Elsa se sentó despacio en el banco de madera del cobertizo. Le tembló la mano cuando cogió la libreta.
—¿Y no lo dijiste en la denuncia?
—¿A quién? —Amaro se sirvió café con las dos manos—. El que firmó la quema era tu tío. El que la ordenó, el ingeniero jefe de la delegación. Los que salvamos las semillas éramos dos hombres con una furgoneta municipal. Si yo abro la boca, la variedad se muere y yo pierdo el trabajo. Mi mujer estaba embarazada. Tu prima.
—Mi prima está en Alemania desde hace veinte años.
—Por eso mismo.
El café estaba caliente. Se lo bebieron sin hablar. Fuera, el pomar de la casa amanecía con la niebla justo por debajo de la copa de los perales de invierno, los que Amaro no dejó tocar por el fuego.
—Amaro. —Elsa habló despacio—. Hay una caja con mis iniciales. Y con un año que no es el mío. Y con la letra grande de mi tío.
Amaro dejó la taza. No la miró.
—Esa caja no la puse yo. Esa la firmó tu padre.
Elsa se levantó de golpe.
—Mi padre. Julián Trigo. El que murió en 1998.
—El mismo. La bajó al colmenar dos días antes del incendio. Me dijo: «Amaro, en la número siete guarda ésta, y no la abras aunque yo te lo pida.» Y firmé la orden de quema del huerto de mi hermano al día siguiente, con Ovidio. Los dos huertos, el suyo y el mío. Los sabíamos por dentro. Éramos los que teníamos las semillas buenas.
Elsa se sentó otra vez, en la tierra.
—¿Por qué mi padre firmó su propio huerto?
—Ese es el nudo, Elsa. Yo no sé por qué. Solo sé lo que hizo: guardó la semilla del huerto que iba a firmar. La guardó con las iniciales de su hija, no con las suyas. Y no volvió a hablar de eso. Murió cuatro años después sin decírmelo. Yo tampoco lo dije. —Bajó la voz—. Callar veinte años es fácil. Recordar veinte años, no.
Amaro sacó del bolsillo interior de la chaqueta un cuaderno azul, cerrado por un hilo bramante, y lo dejó al lado de la libreta de Elsa. Tenía las esquinas gastadas y una etiqueta con la caligrafía inclinada de Ovidio: «SORBEDA, VARIEDADES, 1994 · NO DEVOLVER».
—Aquí están todas —dijo—. Escritas con la letra del que las plantó, no con la mía. Setenta y ocho variedades: los ochenta huertos menos dos que no llegamos a tiempo. La mayoría son de gente muerta. La tuya y la de tu padre están en la misma página, la 47.
Elsa no lo abrió. Pasó los dedos por la tapa, como se comprueba que un fruto está maduro sin apretar.
Rosalía Nevado apareció por el camino con la libreta del bar bajo el brazo. Traía la lista del pedido de café y la mirada de una mujer que ha andado deprisa. Se paró en la cancela y no entró.
—¿Se lo has contado? —preguntó desde fuera.
Amaro asintió.
Rosalía miró a Elsa.
—Yo tengo otras cuarenta bolsas en el arcón del bar, con la letra de Ovidio.
Elsa cerró los ojos. Contó hasta tres.
—¿Cuarenta más? —le costó preguntarlo—. ¿Otras cuarenta variedades?
—Otras cuarenta variedades.
—¿Y por qué me lo cuentas hoy?
—Porque el camión viene el 30. Y porque hay uno más que lo sabe y no habla.
—¿Quién?
Rosalía miró a Amaro. Amaro no dijo nada.
Rosalía dio un paso hacia dentro y bajó la voz.
—El teniente de la Guardia Civil de Vega. Melchor Cabo Braña.