Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen
Ovidio quemó ochenta huertos y salvó ochenta semillas

Antes: Elsa Trigo hereda 96 colmenas de su tío Ovidio; once no tienen miel y guardan semillas quemadas en 1994. En la caja 7 estaban sus iniciales.
Le quedaban 37 colmenas por revisar y cinco días para el camión cuando Elsa Trigo, apicultora en Sorbeda desde hace nueve años, subió al pajar el sábado con una caja de zapatos que había encontrado la noche antes en el altillo de la casa de su tío. Dentro había un cuaderno de tapas verdes de 96 páginas, el mismo modelo que usaban los agentes comarcales en los noventa, y una bolsa de tela con la letra menuda de Ovidio: «no lo abras aquí». Elsa lo llevó a casa de Amaro Cid, veterinario comarcal desde el 78, jubilado desde marzo.
—Trescientas setenta y cuatro páginas escritas por delante y por detrás —dijo Amaro, pasando el pulgar por el canto—. Es la letra de tu tío, no la mía. Yo llevaba las guías de traslado; él llevaba esto.
Amaro puso el cuaderno sobre la mesa del comedor, encendió el flexo y le acercó a Elsa un vaso de agua. Fuera empezaba a caer una lluvia fina, la primera del mes.
—Empieza por la primera página —dijo—. A ver si es lo que creo.
La primera página no llevaba título. Llevaba una tabla con cuatro columnas: nombre del propietario, paraje, variedad frutal, número de árboles marcados. Debajo, una fecha: 14 de marzo de 1994. En el margen derecho, muy pequeño, un número: 12.
—Doce —dijo Elsa—. La colmena doce es la primera que abrí sin miel.
—Sigue.
La página dos: otra tabla, otro paraje, otra fecha, otro número en el margen. La tres, la cuatro, la cinco. En la seis Elsa leyó el nombre de su propio padre: Julián Trigo, huerto de Valdegallinas, peral de invierno de Sorbeda, dieciocho árboles marcados. Fecha: 22 de marzo de 1994. Margen: 34.
—Colmena treinta y cuatro —dijo Elsa—. Todavía no la he abierto.
—Estará vacía por dentro. O llevará una caja precintada con dieciocho semillas.
—Amaro.
—Dime.
—¿Por qué firmó la orden?
Amaro se apoyó en el respaldo. Tenía los ojos claros y las manos manchadas del sarpullido de los últimos meses. Tardó en contestar.
—Porque era la única forma de entrar —dijo—. Escucha bien, Elsa, porque esto no está escrito en el cuaderno y no lo va a decir nadie más. En marzo del 94 el laboratorio de Zaragoza confirmó fuego bacteriano en los perales de la comarca. Un tal Erwinia amylovora. Cuando eso pasa, sanidad vegetal ordena tala y quema en cuarenta y ocho horas. La orden la firma el agente comarcal, que era él. Si no la firmaba, la firmaba otro de la delegación provincial y venía con la Guardia Civil y con motosierras a las seis de la mañana. Y no dejaban entrar ni a los dueños.
—Y firmándola…
—Firmándola tenía las llaves. Podía entrar los tres días previos con la excusa de marcar los árboles, contar los pies, hacer el inventario. Y podía pedir ayudante. Su ayudante fui yo, dos noches seguidas.
—Dos noches.
—La del veintiuno y la del veintidós. Entramos al huerto de tu padre a las once, salimos a las cuatro. Cortamos semilla verde de cada árbol que había marcado con cinta azul. La secamos en el garaje de Ovidio con papel de periódico durante nueve días. La metimos en las cajas la primera semana de abril, precintadas con cera y grabadas a fuego con las iniciales del dueño. Las cajas las bajamos a las colmenas de noche, de una en una, sin decírselo a nadie. Ni siquiera a los dueños. Sobre todo, no a los dueños.
—¿Por qué no a los dueños?
—Porque un dueño que sabe dónde está su semilla la va a buscar. Y las colmenas se abren dos veces al año. Cualquier movimiento raro en un panal en junio, y el inspector veterinario lo apunta. Íbamos yo a ese sitio, Elsa. Yo era el inspector. Nadie más iba a abrir esas cajas hasta que Ovidio o yo lo dijéramos.
—Y no lo dijisteis.
—Él murió el año pasado sin decir nada. Yo tampoco iba a decirlo. Y no lo habría dicho si tú no llegas a heredar las noventa y seis y no llegas a abrir la doce con las tijeras de cera.
Elsa siguió pasando páginas. Ochenta filas con nombre, paraje, variedad, número de árboles, fecha y colmena. En algunas páginas Ovidio había dibujado a lápiz un mapa del huerto con una equis por cada árbol del que había cogido semilla. En otras había pegado con celo un trozo de etiqueta con el nombre del vivero de origen, cuando existía. Al final del cuaderno, una lista más corta con letra distinta: la de Amaro. Cuarenta variedades más, salvadas más tarde, cuando el ministerio autorizó bajar las cajas.
—Firmar era el precio —dijo Amaro—. Sin la firma no había llaves. Con la firma teníamos las llaves de todo. Ese es el porqué. No hay otro.
Elsa cerró el cuaderno. El sello de la delegación estaba en la última página, junto a la firma de Ovidio y una fecha: 12 de abril de 1994. En el margen, con la misma letra menuda, una frase que Elsa leyó dos veces antes de entender: «para cuando alguien lo abra sin pedir permiso».
El cuaderno de Ovidio empareja cada huerto quemado con la colmena donde escondió su semilla: ochenta huertos, ochenta colmenas, ochenta variedades que la comarca dio por perdidas.