Conduzco de noche por la comarcal, la que atajaba antes de que construyeran la autovía. Nadie la usa ya. Cincuenta kilómetros de curvas sin una sola luz, ni un pueblo, ni una gasolinera.
Desde el kilómetro cuarenta, en el retrovisor, veo unos faros. Al principio me tranquilizó tener compañía en tanta soledad. Luego noté que me seguían a la misma distancia exacta, curva tras curva, sin acercarse ni quedarse atrás.
Aceleré. Los faros aceleraron. Frené casi hasta parar. Los faros frenaron conmigo. Como atados a mí por una cuerda invisible.
Hace media hora que no piso el acelerador. El coche baja, en punto muerto, una cuesta que se acabó hace veinte kilómetros. Y los faros de detrás siguen ahí, a la misma distancia, iluminando el asiento vacío de mi lado con una luz que no proyecta ninguna sombra, porque salen de mis propios ojos en el espejo.