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Microrrelato · Del catálogo de Margen

El relojero

Llevé a arreglar el reloj de pared de mi abuela, parado a las cuatro y diez desde la madrugada exacta en que murió. Un reloj bueno, alemán, de los que no se detienen sin motivo.

El relojero, un hombre muy viejo que había en el barrio, lo abrió por detrás con dos dedos temblorosos. Miró dentro un largo rato. Luego palideció, lo cerró con cuidado y me lo devolvió sin cobrarme nada.

«No está roto», dijo, evitando mis ojos. «Está esperando».

Le pregunté esperando qué. No quiso decírmelo. Me acompañó a la puerta con prisa, y solo cuando ya estaba en la calle, con el reloj bajo el brazo, lo oí murmurar a mi espalda: «El mecanismo está intacto. Pero las manecillas ya no marcan la hora que fue. Marcan la que falta. Cuídese usted a las cuatro y diez».