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Microrrelato · Del catálogo de Margen

La frontera

El pueblo estaba partido en dos por una frontera que cruzaba la plaza justo por la fuente. De niño saltaba de un país a otro por diversión: una pierna aquí, otra allá, dos idiomas a un metro de distancia.

Crecimos así, mirándonos por encima de una raya pintada en el suelo. Los de un lado nunca nos casábamos con los del otro. Los de un lado nunca comíamos en las casas del otro. Nadie recordaba ya por qué.

El día que los gobiernos firmaron la paz y mandaron borrar la línea, vinieron obreros con disolvente y la quitaron en una tarde. Esa noche lo celebramos todos juntos, por primera vez, en la plaza sin frontera.

A la mañana siguiente, la mitad de los vecinos había desaparecido. Los de su lado. Como si la raya no separara dos países, sino dos clases de muertos, y solo el miedo a cruzarla los hubiera mantenido a este lado del suelo.