Vivo sola en la montaña desde que enviudé. Nadie sube en invierno; la pista se corta con la primera nevada y no la abren hasta marzo.
Esta mañana amaneció todo blanco y salí a por leña al cobertizo, cien metros escasos. Fui, cargué los brazos, volví. Al llegar a la puerta me giré, como hago siempre, a mirar el valle en silencio.
Entonces vi mis huellas en la nieve. Una fila de ida y una de vuelta, las mías. Y pegada a ellas, pisando exactamente donde yo había pisado, otra fila que venía del bosque, se detenía a mi espalda, y no volvía a salir.
Hacia dentro de casa solo entraban dos filas de pasos. Los de ida no estaban. Alguien los había borrado con cuidado. Alguien que ya estaba dentro cuando yo salí.