Desde mi ventana veo la casa de enfrente, idéntica a la mía: el mismo tejado, la misma verja, la misma ventana en el mismo sitio. Llevo años sin fijarme en ella, como no te fijas en tu propia mano.
Una noche de insomnio me asomé y vi que en el salón, a esa hora imposible, había luz. Y un hombre de pie, quieto, mirando por la ventana hacia aquí. Hacia mí. Con mi cara.
Levanté la mano, despacio, para saludar o para asustarlo, no lo sé. Él no la levantó. Solo entonces me di cuenta de que su salón estaba a mi derecha, y el mío está a mi izquierda. De que todo, en su casa, estaba del revés.
Como en un espejo. Bajé la mano. Él seguía con la suya quieta, esperando, del lado que no tocaba. Y comprendí, con el estómago frío, cuál de los dos era el reflejo.