En la Edad Media y el Renacimiento, el azul más intenso que existía, el ultramar, costaba más que el oro. Y venía de una sola piedra: el lapislázuli.
Esa piedra se extraía casi exclusivamente de las minas de Sar-e-Sang, en lo que hoy es Afganistán, y viajaba miles de kilómetros hasta Europa. Su nombre lo dice: ultramarino significa más allá del mar.
Por su precio, los pintores lo reservaban para lo más sagrado. Por eso el manto de la Virgen aparece tantas veces en ese azul profundo: no era una decisión solo estética, sino también una manera de mostrar cuánto valía la figura representada.
Fuente: The Metropolitan Museum of Art