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Relato · Del catálogo de Margen

Llevo una higuera de nueve metros y cierran a las ocho

Cinco toneladas de higuera colgaban de la pluma —el brazo de la grúa— de mi camión, y debajo dos personas discutían sobre quién pagaba el agua.

Me llamo Garazi Zubillaga y conduzco un camión grúa de cuarenta toneladas: cabina, brazo articulado y una plataforma detrás. Trasplanto árboles grandes. Es un oficio que en 2041 da de comer porque las ordenanzas de sombra pagan por metro cuadrado de copa: un árbol hecho vale dinero y talarlo sale caro, así que las promotoras prefieren pagarme a mí antes que pagar la multa. Hago cuatro o cinco al mes, casi siempre plátanos de sombra y almeces de acera, bien regados y fáciles.

Aquel miércoles era una higuera de nueve metros en un solar derribado de Bellreguard, y aquella higuera tenía plazo.

Alguien del barrio pidió una orden de protección provisional cuando empezaron a vallar, y esas órdenes duran treinta días y no se renuevan. La de la higuera se moría a las doce de la noche. A las doce y un minuto la promotora podía sacar la motosierra, y con todo el derecho del mundo.

El otro plazo era de las ocho de la tarde, y lo ponía Bieito Carnota, el aparejador que llevaba la obra por la promotora.

—A las ocho sello el solar y lo entrego —me dijo a las dos, cuando llegué—. A las ocho y cinco, el camión que esté dentro se queda dentro hasta el lunes.

Bieito no quería la higuera ni muerta ni viva. Quería su acta de entrega firmada a su hora. Lo entendí: yo también he trabajado con un reloj que había puesto otro.

Empezamos a las dos y veinte. De un árbol se mueve el cepellón, la bola de tierra con las raíces dentro, que en una higuera de nueve metros sale de unos dos metros de diámetro y ochenta de hondo. El truco es cortar alrededor con pala de corte, una cuchilla que entra recta y deja la raíz limpia. Con retroexcavadora se tarda la mitad y no vale, porque la retro arranca en vez de cortar y una raíz arrancada no cicatriza. Unas tres horas si va bien. Fue bien. A las cinco y diez la tenía en el aire, envuelta en malla, goteando por abajo, cinco toneladas con la tierra.

Y entonces apareció Txell Monegal.

Txell es jardinera del ayuntamiento y es la razón por la que aquel árbol tenía un sitio donde ir: la plaza de los Tintoreros, recién hecha, con tres alcorques sin plantar —los huecos de tierra que se dejan en el pavimento para un árbol— y uno de ellos de tres metros. Sin su firma de recepción yo no podía descargar nada en suelo municipal. Con su firma, once kilómetros y a dormir.

—No te la puedo coger —dijo, sin bajarse de la bici.

Me lo explicó en treinta segundos y sin una sola disculpa, que es lo que se agradece. El agua de los jardines del pueblo va por cupo anual. El de 2041 estaba gastado desde el quince de septiembre, entre la ola de calor de agosto y dos fugas en el riego del polideportivo. Una higuera trasplantada de ese tamaño pide trescientos litros a la semana durante dos veranos o se seca, y una higuera seca en una plaza nueva es un poste con ramas que alguien tiene que pagar por retirar.

—Si te firmo y se muere en mayo, el muerto es mío —dijo—. Tráemela en abril, con el cupo nuevo.

En abril la higuera iba a ser leña. Eso lo sabíamos las dos.

Me quedé mirando el árbol en el aire, que cuesta dinero cada minuto que pasa ahí arriba, y luego mirando la caseta de obra. Y me acordé de una cosa que no tiene ningún misterio y que sabe cualquiera que haya pisado una demolición: las obras tienen agua.

Agua de abatimiento de polvo, la que se riega con cuba —el camión cisterna de obra— sobre el escombro para que la nube no se vaya al barrio de al lado. Va por metros cúbicos, se pide con la licencia y se calcula generoso, porque nadie quiere una denuncia por polvo. Y el solar de Bellreguard ya estaba derribado.

Fui a la caseta.

—Bieito, ¿cuánta agua de abatimiento te sobra?

Levantó la cabeza de la tableta igual que si le hubiera preguntado por su grupo sanguíneo.

—Cuarenta y ocho metros cúbicos. ¿Por qué?

Cuarenta y ocho mil litros. Trescientos litros por semana son dieciséis mil al año. Tres años.

Se lo dije. Y aquí viene lo que no me esperaba: Bieito levantó la vista y dijo lo que quería a cambio.

—Te la paso. Pero el camión fuera a las ocho menos veinte, no a las ocho, porque a las ocho tengo que estar sellando y no quiero una pluma en medio. Y te llevas el escombro del muro de la calle Tapinería en el mismo viaje, que son nueve metros cúbicos y me ahorras una cuba.

Nueve metros cúbicos de escombro encima de un camión que ya llevaba cinco toneladas de árbol. Hice la cuenta en voz alta con él delante: entraba, porque la plataforma iba libre y el árbol va tumbado sobre el cuello del remolque, pegado a la cabina. Y me quitaba veinte minutos del plazo.

—Hecho.

Txell escuchó el acuerdo por el altavoz del móvil, de pie entre los dos, y lo único que preguntó fue quién firmaba la cesión del agua. Bieito dijo que él, la promotora directamente al ayuntamiento, y que lo llamaran mañana para los números. Ella sacó el móvil y llamó al ayuntamiento allí mismo, delante de nosotros, porque Txell es de las que no se fían de un mañana.

A las siete y cuarto el árbol estaba amarrado sobre la plataforma con cinco eslingas, que son fajas de poliéster que aprietan sin cortar la corteza, la copa recogida en malla y el cepellón contra el cuello. A las siete y veinticinco cargamos el escombro en los dos cajones de atrás. Salí del solar a las siete y treinta y ocho.

Los once kilómetros fueron lo de menos, aunque hubo un momento. Con el árbol tumbado, el conjunto mide cuatro metros sesenta de alto, y el paso bajo la vía del tren de la N-332 tiene cuatro veinte. La vuelta por el camino de la Marjal son nueve kilómetros más y veinticinco minutos que no tenía. Lo que se hace es vaciar la suspensión de aire del remolque, que baja el piso siete centímetros, y tumbar el árbol doce grados más con la pluma. Pasas con quince centímetros de sobra. Lo he hecho seis veces y me sigue sudando la espalda las seis.

Llegué a la plaza de los Tintoreros a las ocho y veinte, ya de noche. Txell estaba allí con dos operarios abriendo el alcorque a pico y una cuba de diez mil litros aparcada al lado, pedida en esas dos horas con los diez primeros metros cúbicos de los cuarenta y ocho de Bieito.

Plantar de noche es mejor que plantar a mediodía, por el calor. Bajamos la higuera a las nueve menos cinco. La orientamos como venía, con la misma cara al sur, rellenamos con la tierra de su propio cepellón y le dimos la primera agua allí mismo: ocho mil litros en hora y media, que es lo que se bebe un árbol de ese tamaño el primer día.

Txell firmó la recepción a las diez y media, con el papel apoyado en el guardabarros de mi camión.

Yo cobré cuatro mil doscientos euros por el trasplante y trescientos por el escombro. Bieito entregó su solar sellado a las ocho en punto. Y a las doce de la noche, cuando caducó la orden, la higuera llevaba tres horas en la plaza y ya no le interesaba a nadie de la promotora.

Mientras recogíamos las eslingas le pregunté a Txell cuántos árboles le habían entrado aquel año en la plaza. Dos, me dijo, contando la higuera.

Seguía enrollando la manguera y no levantó la cabeza.

—Mañana hay otra en Oliva, Garazi. Y en Oliva también están derribando.