
Un flamenco recién salido del huevo es una bola de plumón gris, sin rastro del color que lo hará famoso. El rosa llega después, y llega por el menú: las algas y los pequeños crustáceos que filtra del agua están cargados de carotenoides, los mismos pigmentos que tiñen las zanahorias. Su hígado los procesa y los va depositando en plumas y piel, hasta encenderlo entero.
Por eso el color es un termómetro de su vida. En los zoos hay que reforzar la dieta con pigmentos, porque con otra comida el flamenco se va apagando poco a poco hasta quedarse blanquecino.
Y hay un detalle aún mejor: los flamencos alimentan a sus crías con una especie de leche que producen en el buche, cargada también de pigmento. Criar, literalmente, los despinta: durante esas semanas los padres pierden color mientras el polluelo lo gana. El rosa no es un adorno; es una herencia que se transfiere, trago a trago.