Relato · Del catálogo de Margen
Cuatro estrellas al megáfono que pregona mejor que yo

Cuatro estrellas de cinco. Compré este megáfono el 3 de octubre por 48,90 euros y lo he usado once veces, que para un pueblo de 180 vecinos es mucho: soy la pregonera municipal de Villalbín y hasta ahora iba con la voz pelada por las cuatro calles, parando en el crucero y en el lavadero. Lo compré para no quedarme afónica en invierno y resulta que anuncia mejor que yo.
Lo bueno. La batería me ha aguantado tres bandos seguidos sin recargar y se oye en el alto de la iglesia, que es donde vive Honorino Vilas, el alcalde, y donde siempre decía que no se oía nada.
Lo que no esperaba. El aparato trae una función de grabar treinta segundos y repetirlos en bucle. Grabé el bando del corte de agua un martes, lo dejé puesto en la plaza y me fui a desayunar. Cuando volví había seis vecinas apuntando la hora en un papel, cosa que en catorce meses de pregonera no había conseguido nunca. El aparato no tose, no se atasca en «atención, atención» y no dice «bueno, pues eso» al final. Lo dice una vez y lo dice igual las nueve siguientes.
A partir de ahí la cosa se complicó. Elpidio Teijeiro, el conserje del pabellón, me lo pidió prestado para el bingo del domingo y me lo devolvió con su grabación dentro. El lunes anuncié la retirada de voluminosos en la plaza y lo que salió del megáfono fue «¡línea!» tres veces, con la voz de Elpidio. Dos señoras acudieron con el cartón.
Y el miércoles pasó lo que tenía que pasar. Honorino me paró en el ayuntamiento con cara de haber tenido una idea y me preguntó, textualmente, si con la grabadora hacía falta seguir pagando a la pregonera. Le dije que el aparato no sabe cuándo ha muerto alguien, que eso no se puede dejar en bucle, y se quedó pensándolo más de lo que me gustó.
Resumen: si tienes que anunciar cosas en la calle, cómpralo.
Le quito una estrella por un defecto de fábrica: no sabe toser.