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Curiosidad · Del catálogo de Margen

¿Cómo se saca una biblioteca entera de una ciudad tomada?

En abril de 2012, cuando los grupos armados entraron en Tombuctú, la ciudad del norte de Malí guardaba una de las bibliotecas más antiguas del mundo repartida en casas particulares. No era una biblioteca en el sentido de edificio con mostrador: eran decenas de bibliotecas familiares, baúles bajo las camas, armarios de adobe, cuartos sin ventilación donde una familia conservaba desde hacía generaciones los libros que había copiado o comprado un antepasado. Tratados de astronomía con las tablas de los eclipses, manuales de medicina, sentencias de derecho islámico, contratos de compraventa de sal, cartas de crédito, poesía amorosa, discusiones sobre si se puede fumar. Papel italiano, cuero de cabra, tinta de hollín. Los más antiguos son del siglo XIII; los más recientes, de hace cien años.

Había una razón para que estuvieran bajo las camas y no en estanterías: durante el siglo XX, muchas familias escondieron sus manuscritos de la administración colonial francesa y después de los funcionarios del nuevo Estado, por miedo a que se los requisaran para museos y universidades. El recelo venía de lejos y era razonable. Por eso en 2012 el problema no era solo el transporte: era que alguien con nombre y cara tuviera permiso para abrir aquellos armarios.

La cifra que se repite es 377.000 manuscritos, el recuento de la propia red que los movió; otros cálculos hablan de entre 300.000 y 400.000, repartidos en unas cuarenta y cinco bibliotecas de la ciudad y los alrededores. En cualquiera de las dos versiones, el problema es el mismo y es un problema de logística: ¿cómo se saca eso de una ciudad ocupada, sin camiones, sin escolta y sin que los ocupantes se enteren?

Abdel Kader Haidara se había pasado los años ochenta y noventa recorriendo en piragua las aldeas del río Níger para convencer a las familias de que confiaran sus manuscritos al Instituto Ahmed Baba, el centro público de investigación de Tombuctú. Conocía a los dueños uno a uno, que es exactamente el capital que hacía falta. En 1996 fundó SAVAMA-DCI, una asociación de bibliotecas privadas, y en 2012, con la ciudad tomada, usó esa agenda para algo que no estaba previsto en ningún estatuto. Su respuesta consistió en repartir la biblioteca en miles de bultos anónimos y moverlos de uno en uno.

El plan tenía tres reglas. La primera: nada de convoyes. Los manuscritos se envolvían y se metían en baúles metálicos de los que se venden en cualquier mercado del Sahel para guardar la ropa. Cuando los baúles del mercado se agotaron, los encargaron a los chapistas de la ciudad. La segunda regla: primero mover hacia dentro. Antes de sacar nada de Tombuctú, los baúles salieron de las bibliotecas conocidas y se repartieron en casas corrientes de la propia ciudad, de noche, en carros de burro y en todoterrenos, de modo que una inspección en la dirección de una biblioteca famosa no encontrara nada. La tercera: cada baúl viaja solo, mezclado con el equipaje de gente que viaja por otra cosa.

Así empezó el goteo hacia el sur. Unos mil kilómetros por carretera hasta Bamako, la capital, en taxis colectivos, en autobuses de línea, en coches de familias que se marchaban. Cientos de viajes entre mediados de 2012 y enero de 2013, cada uno con unos pocos baúles, cada uno con sus controles: los de los ocupantes a la salida y los del ejército maliense a la llegada, que veían cajas cerradas y querían saber qué llevaban. Hubo baúles abiertos, hubo propinas, hubo conductores que dieron media vuelta. Cuando la carretera se volvió impracticable, el río: pinazas cargadas río abajo por el Níger, con el riesgo que eso añade, que es el agua y es la gente que vive de asaltar barcas.

Nada de eso era gratis. La Prince Claus Fund, una fundación holandesa, puso dinero para la evacuación. Después, ya con los manuscritos en Bamako, Haidara y Stephanie Diakité —abogada y conservadora estadounidense, cofundadora con él de la iniciativa T160K— abrieron una campaña de micromecenazgo llamada Libraries in Exile: recaudó más de 67.000 dólares en un mes, de 1.257 donantes, para comprar cajas de conservación y gel de sílice. El objetivo declarado era alojar 280.000 manuscritos, porque el salvamento había creado un problema nuevo: los libros estaban apretados dentro de baúles de chapa, sin camisa ni carpeta, y el calor húmedo del sur es lo peor que le puede pasar a un papel que llevaba seis siglos en el desierto.

En enero de 2013, los paracaidistas franceses entraron en Tombuctú. Los ocupantes, al retirarse, prendieron fuego al Instituto Ahmed Baba, el edificio nuevo que guardaba decenas de miles de manuscritos. Durante dos días la noticia que dio la vuelta al mundo fue que la biblioteca de Tombuctú había ardido. Y era verdad que había ardido el edificio; no era verdad lo demás. Lo que se quemó, según los recuentos posteriores, fueron unos 4.000 documentos: los que no habían salido a tiempo. El resto estaba en Bamako, en más de 1.400 cajas metálicas con manuscritos de más de treinta bibliotecas familiares, apiladas en pisos alquilados de la capital.

Lo que no se podía meter en un baúl se perdió. En el verano de 2012, los ocupantes derribaron a pico y pala los mausoleos de barro de la ciudad, sepulturas de eruditos que se visitaban desde hacía siglos. El 27 de septiembre de 2016, el Tribunal Penal Internacional condenó a nueve años de cárcel a Ahmad al-Faqi al-Mahdi, que había dirigido aquellas demoliciones: eligió los hombres, eligió los edificios y repartió las herramientas. Fue la primera sentencia de ese tribunal por atacar patrimonio cultural, y la primera en la que un acusado se declaró culpable. Los catorce mausoleos se levantaron otra vez con tierra, los albañiles de la cofradía de Tombuctú y el paraguas de la Unesco; se consagraron en febrero de 2016.

Que hubiera tantos libros en el borde del desierto no es casualidad ni leyenda. Entre los siglos XV y XVI, Tombuctú era la aduana donde se cambiaba la sal del Sahara por el oro del sur, y donde paraban las caravanas que venían de Fez y El Cairo. El viajero Juan León Africano, que pasó por la ciudad en aquel siglo, dejó escrito que los libros traídos del norte se vendían allí con más beneficio que ninguna otra mercancía. Copiar textos era un oficio con tarifa, como el de herrero. Las familias que encargaban copias eran las mismas que seguían guardándolas en 2012.

La biblioteca de Tombuctú ya la habían vaciado una vez a la fuerza. En los años noventa del siglo XVI, el ejército del sultán de Marruecos tomó la ciudad y se llevó a Marrakech al erudito Ahmad Baba, nacido en 1556 y autor de decenas de tratados. Pasó doce años desterrado. Cuando le dejaron volver, en 1607, pidió que le devolvieran sus libros: 1.600 volúmenes requisados por los soldados, y dejó dicho que la suya era la biblioteca más pequeña de todos sus amigos. El instituto que ardió aquel enero lleva su nombre.

Un manuscrito mojado no se puede restaurar como un libro impreso: la tinta de hollín corre y el cuero se hincha. Desde 2014, el Hill Museum and Manuscript Library, un centro de Minnesota especializado en fotografiar bibliotecas en peligro, monta estudios de digitalización en Bamako con SAVAMA-DCI; trabaja con la Arcadia Fund, el Centro Juma Al-Majid de Dubái y la Universidad de Hamburgo. No restauran: fotografían página a página. Y queda la pregunta de la vuelta: los manuscritos son de familias que siguen en Tombuctú, pero allí la seguridad no está garantizada, y en Bamako el clima los estropea. Cada año hay que pagar el alquiler de los locales donde están.

De los 377.000, el centro de Minnesota lleva fotografiados más de 292.000 desde 2014. Los originales siguen en la capital, en cajas con gel de sílice, a mil kilómetros del desierto que los había conservado seis siglos.