Cuando un pingüino papúa corteja, se pasea por la colonia inspeccionando guijarros. Los mira, los descarta, los compara. Al final elige uno —liso, redondo, del tamaño justo— y se lo deja delante a la hembra que pretende.
Si ella lo acepta, la piedra pasa a formar parte del nido que construirán juntos: una plataforma de guijarros que mantiene los huevos secos y a salvo del deshielo.
Las piedras buenas son un bien escaso, y en las colonias se roban descaradamente de nido a nido: hay vigilancia, disputas y ladrones reincidentes.
No es un anillo, pero se le parece bastante: un regalo elegido con cuidado, hecho de futuro compartido.
Fuente: Australian Antarctic Program