Cada año, el viento levanta millones de toneladas de polvo del Sáhara y las empuja a cruzar el Atlántico entero, un viaje de más de ocho mil kilómetros.
Buena parte de ese polvo cae sobre el Amazonas. Y no es suciedad: es fertilizante. Los satélites de la NASA calcularon que unos veintidós mil toneladas de fósforo —el mismo nutriente de los abonos agrícolas— aterrizan cada año sobre la selva, reponiendo casi exactamente lo que las lluvias tropicales le lavan al suelo.
Gran parte de ese fósforo viene de un solo lugar: la depresión de Bodélé, en Chad, el lecho de un antiguo lago lleno de microorganismos muertos hace milenios.
El lugar más seco alimentando al más verde, con océano de por medio. El planeta funciona como un solo organismo.
Fuente: NASA