Curiosidad · Del catálogo de Margen
En 1961 cayó una bomba H y solo aguantó un interruptor

Faro es un caserío de tabaco del condado de Wayne, en Carolina del Norte, y a las doce y media de la noche del 24 de enero de 1961 le cayó encima un bombardero entero con dos bombas de hidrógeno dentro. Una de las dos fue cumpliendo en la caída, uno tras otro, los pasos de su secuencia de disparo, y se quedó a uno. Ese uno era un conmutador de armado y seguro, de bajo voltaje, que nadie había tocado.
El avión era un B-52G de la 4241.ª Ala Estratégica, con base en Seymour Johnson, a veinte kilómetros de allí. Volaba en misión de alerta aérea —patrulla con las bombas ya montadas— cuando el operador de la pértiga del avión nodriza le avisó por radio de que perdía combustible por el ala derecha. En tres minutos se fueron 17.000 kilos de queroseno. El ala cedió. Seis de los ocho tripulantes salieron del avión a unos 2.700 metros, antes de que el aparato se partiera en el aire; los otros dos murieron en el choque. De los seis que saltaron, uno no sobrevivió a la caída.
Dentro iban dos bombas termonucleares Mark 39 Mod 2. Cada una tenía una potencia de 3,8 megatones, unas 250 veces la de Hiroshima.
La primera se comportó como si alguien la hubiera lanzado a propósito. Al salir del avión que se deshacía, su mecanismo interpretó la caída como un lanzamiento normal y fue cumpliendo la secuencia: se soltaron los cables de armado, los barómetros se cerraron a la altura prevista, el temporizador corrió y el paracaídas de frenado, de treinta metros, se abrió. La bomba bajó colgada, el paracaídas se enredó en un árbol junto a una granja de Faro y ella quedó de pie, con el morro clavado unos cuarenta y cinco centímetros en la tierra y casi sin un rasguño. Los artificieros que llegaron de madrugada la encontraron así, con la carga intacta, y tardaron dos días en desmontarla en el sitio.
Eso no salió de los laboratorios durante medio siglo. En 1969, Parker F. Jones, responsable del departamento de seguridad de armas nucleares en los Laboratorios Sandia, escribió un informe interno y lo tituló «Goldsboro revisitado, o: cómo aprendí a desconfiar de la bomba H». Clasificado y escrito a máquina, decía que la Mark 39 Mod 2 no tenía seguridad suficiente para el papel de alerta aérea, y que aquella noche «un simple interruptor de bajo voltaje, de tecnología de dinamo, fue lo único que se interpuso entre Estados Unidos y una catástrofe mayor». El informe salió a la luz en 2013: lo pidió el periodista Eric Schlosser por la ley de transparencia y lo publicó el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington.
La segunda bomba tuvo peor caída y mejor final. Bajó sin paracaídas, entró en un campo encharcado a unos 1.100 kilómetros por hora y se deshizo debajo del barro. Los equipos excavaron en el fango, pasaron de los veinte metros, subieron piezas y no llegaron a la segunda etapa, la de uranio.
Así que el asunto se resolvió por escrito: el cuerpo de ingenieros del Ejército compró sobre ese punto una servidumbre circular de unos ciento veinte metros de diámetro, y allí no se cava sin permiso. En 2012 el estado de Carolina del Norte plantó junto a la carretera un cartel histórico para contarlo. La segunda etapa, la de uranio, sigue ahí abajo: la Universidad de Carolina del Norte la situó a unos cincuenta y cinco metros, más o menos tres.