Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen
Txomin marca el corredor y dice que no

Antes: apagaron el generador el noveno día para no respirar 121 ppm. Quedan 95,7 litros y dos baterías para la radio.
El décimo día amaneció con tres en la cuenta y con noventa y cinco litros y siete décimas de gasóleo en un depósito cerrado con llave, que es la primera vez en Iratxeta que sobra combustible y falta otra cosa. Faltaba leña. Nadie lo sabía todavía a las siete de la mañana, porque en nueve días nadie la había contado.
Los nueve habían dormido en el comedor, en el lado de levante, con los sacos apilados contra el tabique de poniente y otro saco enrollado al pie de la puerta del pasillo. Idoia Bergara, treinta y nueve años, guarda de Iratxeta y enfermera de urgencias hasta 2019, se levantó a las cinco y veinte a meterle leña a la estufa, que era lo que había estado haciendo cada dos horas desde la una y veinte de la madrugada. El registrador de Fani estaba encima de la mesa larga, encendido, con la pantallita en nueve partes por millón: el humo de la estufa, que sale por el otro faldón y no por el tubo partido. Nueve, no ciento veintiuno. En eso la decisión del noveno día estaba funcionando.
Lo que no funcionaba era el resto de la casa. Fani Quiroga, veintiocho años, geóloga, que subió a cambiar los sensores de la ladera el día antes del alud, leyó los canales de temperatura de la noche a las siete y cuarto y los cantó sin adornarlos.
—Comedor, seis y medio a las cuatro de la mañana, que es el peor momento. Pasillo, uno bajo cero. Dormitorio pequeño, tres bajo cero, y bajando una décima por hora.
—Va a lo que dijiste —dijo Idoia.
—Va a lo que dije. A una décima por hora, el dormitorio llega a ocho bajo cero en la tercera noche, la del once al doce. Ni antes ni después.
Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada, estaba apuntando eso en su cuaderno cuando levantó la cabeza e hizo la cuenta en voz alta. La hizo despacio, como el que espera que alguien le corrija.
—Ayer dijimos cuatro noches sin motor. Del nueve al doce hay tres. Anoche fue la primera.
Nadie le corrigió. Mercedes Arriaga, cincuenta y cinco años, jueza de paz jubilada, que lleva la contabilidad del gasóleo en la contraportada del libro de firmas desde el tercer día, pasó el dedo por su propia columna y se quedó un momento callada.
—Tiene razón el chico —dijo—. En mi columna están las tres.
—La que escribió cuatro fui yo —dijo Idoia—. Ayer, a la una y diez, en el libro de firmas y delante de los nueve. Conté los días que quedaban: nueve, diez, once y doce. Cuatro días, pero tres noches. Quedan tres.
—Mejor tres que cuatro —dijo Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, montañero y carpintero de ribera, que llevaba desde el día del alud pidiendo bajar.
—Mejor tres —dijo Idoia—, y aun así hay que llegar.
A las nueve mandó a Casimiro y a Aitor al leñero. No por la leña en sí: quería saber cuánto quedaba para poder decir un número en voz alta, porque en nueve días había aprendido que en aquella casa las discusiones solo se acababan cuando alguien ponía un número encima de la mesa larga.
Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club desde antes de que existiera el refugio nuevo, ha subido treinta inviernos a Iratxeta y ha cargado ese leñero casi todos los otoños. Volvieron a las nueve y media. Casimiro traía el gorro puesto, como siempre dentro de la casa, y las manos negras de corteza.
—Diecinueve brazadas —dijo Aitor—. Contadas de dos en dos y dos veces.
—Diecinueve de las buenas —dijo Casimiro—. Debajo hay dos hileras más, pero esas son las del suelo del leñero y están mojadas de abajo. Esas no calientan: humean.
Idoia se sentó y le pidió a Mercedes el lápiz.
—¿Y cuánto se quemó ayer?
Aitor lo tenía apuntado porque llevaba apuntándolo desde la primera mañana sin que nadie se lo mandara, igual que apuntaba el arranque y el paro del motor.
—Once. Desde las siete de la mañana de ayer a las siete de esta mañana, once brazadas.
Mercedes hizo la división en la contraportada y la enseñó sin comentarla, que es como enseña ella las cuentas.
—Diecinueve entre once son cuarenta y una horas y media. Contando desde esta mañana a las siete, se nos acaba a las doce y media de la noche del día once. La ventana del helicóptero es del once en adelante, que puede ser el once o puede ser el doce.
—Y las dos hileras de abajo —dijo Ramiro.
—Las dos hileras de abajo son media brazada de calor y una chimenea llena de brea —dijo Idoia—. Si me alquitranas el cañón de la estufa, me quedo sin lo único que calienta esta habitación y sin poder encenderla otra vez hasta que alguien suba con un deshollinador. Eso no lo voy a hacer.
Nueve días de números y aquel fue el primero que no se podía arreglar apretando una brida ni racionando un litro. Lo dijo Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, hermana de Ramiro, que desde la medición del séptimo día duerme en el banco de levante y que aquella mañana hablaba ya con su voz de siempre.
—Entonces la pregunta de ayer tiene respuesta. Aguantamos tres noches sin motor, sí. Sin leña, no.
Idoia puso encima de la mesa lo que había, que eran tres cosas y ninguna buena, y las dijo enteras para que nadie tuviera que preguntarlas después.
La primera: volver a encender el generador en la madrugada del doce, cuando la leña se acabe, y quedarse los nueve en el comedor. El comedor mide cuarenta y uno con el motor en marcha; lo midió Fani el noveno día, después del parche.
—Cuarenta y uno son el doble del límite de ocho horas en un puesto de trabajo, que son veinte —dijo Lena—. No pasa el pico de quince minutos, que son cien. Media noche a cuarenta y uno no mata a nadie sano. Yo tengo aquí a un hombre de setenta y uno y a otro de sesenta y seis que lleva siete días saliendo de una hipotermia moderada, y a los dos les tocaría dormir dentro. Y no voy a firmar que eso es seguro, porque no lo es.
La segunda: la madera de las literas del dormitorio alto, que son ocho de pino y llevan ahí desde que se hizo el refugio nuevo.
—Están barnizadas —dijo Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de este refugio de 1991 a 2022, desde el banco de la esquina—. Las barnicé yo en 2016, con lo que había. Eso en una estufa de leña es exactamente lo mismo que las hileras mojadas, pero más rápido.
—¿Y las tablas del somier?
—Las tablas del somier son contrachapado.
Ramiro se levantó y fue a la tercera antes de que Idoia la dijera.
—La tercera es que alguien baje. Llevo nueve días diciéndolo.
—La tercera es que alguien baje —repitió Idoia—, y es la primera vez que la digo yo.
Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube a Iratxeta el correo del club desde 1994 y baja lo que haya que bajar, llevaba desde las siete de la mañana de pie junto al fogón con las manos en los bolsillos. Había dicho que no al corredor de Larrondo el primer día, el sexto y el noveno, y las tres veces sin explicar por qué.
—No.
—Ayer dijiste que el corredor lo mirabas hoy y lo mirabas tú primero —dijo Idoia—. No te estoy pidiendo que baje nadie: te estoy pidiendo eso. Que salgas a mirarlo y que vuelvas antes de que se vaya la luz. Si me dices que no hay paso, se acabó la discusión y mañana enciendo el motor y asumo lo de Lena. Pero quiero que me lo digas habiéndolo visto hoy, no acordándote de cómo estaba el martes.
Txomin sacó las manos de los bolsillos.
—Si salgo, salgo con uno. Solo no se marca.
—Salgo yo —dijo Ramiro.
—Sales tú, sí —dijo Txomin—, porque como no te lleve hoy te vas mañana a escondidas.
Salieron a las diez y veinte con seis jalones de los del club, una pala, treinta metros de cuerda de ocho y la sonda de Txomin, que es de las de antes, de aluminio, y que él lleva desde hace más años de los que el refugio nuevo lleva en pie. Idoia les dio cuatro horas y media, contando la última de luz mala, y les dijo que si a las tres no estaban en la puerta, salía ella.
Dentro se hizo un día largo.
A la una Idoia hizo la llamada del día. Desde el segundo día la radio del refugio habla con el club a las trece en punto y a las veinte en punto, siete minutos cada vez, que es lo que ella decidió para estirar las baterías. Contestó el mismo de siempre, el vocal de montaña, y dijo lo mismo que el noveno día con una palabra distinta: que la previsión seguía dando el once como primer día con viento por debajo de cuarenta kilómetros por hora en la collada, que el helicóptero de la unidad estaba comprometido hasta el once en un rescate del otro valle, y que si el once no podía ser, sería el doce.
—¿Y si el doce tampoco? —preguntó Idoia.
—Entonces subimos andando, y andando son ocho horas desde la pista forestal.
Aitor apuntó los siete minutos. Fani midió después las dos baterías con el polímetro y dijo los números en voz alta, porque en aquella casa los números se dicen en voz alta: la puesta, doce coma uno; la de reserva, que lleva tres días en el alféizar del norte, once coma cuatro.
—Con estas dos hay para hablar hasta el doce si seguimos con siete minutos —dijo—. Para más, no.
Fani puso el registrador a ras de suelo, junto al saco de la puerta del pasillo, porque quería saber si la estufa metía monóxido a la altura a la que dormía la gente; salió siete, dos menos que en la mesa. Mercedes copió a limpio el expediente 47/2021 y las dos hojas rosas, a mano, en tres folios, porque dijo que un papel que lleva cuatro inviernos guardado en un armario de chapa no debía bajar la montaña en un solo ejemplar. Sabino la ayudó a leer su propia letra de 2021 en los dos sitios donde se le había corrido la tinta. Casimiro y Aitor subieron las dos hileras mojadas del leñero, las partieron finas con el hacha y las pusieron a secar de pie contra la pared de la estufa, que no las iba a secar en un día pero que era lo único que se podía hacer con ellas.
Volvieron a las dos y cincuenta, con luz todavía.
Volvían sin los seis jalones y con el pantalón de Ramiro roto desde la rodilla. Txomin se quitó la sonda del hombro, la dejó en el suelo apoyada en la pared y se sentó en el banco antes de hablar, que es algo que no le habían visto hacer en diez días.
—Hay paso —dijo.
Lo contó en el orden en que lo había andado. Por la canal de la fuente no se baja: el alud del martes la dejó cargada de bloques hasta el segundo resalte y por encima cuelga todavía la mitad de la cornisa que no se fue. Por el hayedo del norte tampoco, porque para entrar al hayedo hay que cruzar la pala que cuelga debajo de la canal del norte, y esa pala está viva, y lo estuvo también el primer día y el sexto y ayer. Queda el corredor de Larrondo, que empieza cien metros por debajo del refugio, en el portillo de Larrondo, y que él no quería.
—El tercio de arriba tiene placa. La sondé en tres sitios: cuarenta centímetros de espesor sobre una capa de granos que no agarra. Eso se cruza de uno en uno, con cuerda, y se cruza por la izquierda pegado a la roca, que es donde he puesto cuatro jalones. Los otros dos se me quedaron abajo, en el codo, que es donde hay que meterse al canalizo.
—¿Y debajo? —preguntó Idoia.
—Debajo es hielo vivo hasta el hayedo. Hielo de verdad, no nieve dura: se baja de espaldas, con crampones y con las dos manos ocupadas. Del portillo a la pista forestal hay cuatro horas si no se rompe nada, y si se rompe algo, no hay cuatro horas.
Nadie dijo nada. Fani apuntó la hora, por costumbre.
—Está marcado —dijo Txomin—. Y ahora lo otro.
Se quedó mirando a la mesa larga, no a las personas, como hace la gente que va a decir una cosa que lleva diez días sin decir.
—El veintiuno de febrero de 2003 yo bajé por ahí a mi hermano. Fermín Elordi, cuarenta y un años, pastor como yo. Se le rompió la placa en el tercio de arriba, en el sitio exacto donde he puesto los jalones, y tardé nueve horas en bajarlo hasta la pista. Por eso digo que no desde el primer día, y no lo había contado porque no venía a cuento mientras hubiera gasóleo.
Casimiro se quitó el gorro, que era la primera vez en diez días.
—Yo estaba en el club en 2003 —dijo—. Pusimos una placa con su nombre en el portillo de Larrondo.
—Está debajo de la nieve —dijo Txomin—. La he visto hoy, porque he tenido que cavar para sacar el primer jalón.
Se levantó, cogió la sonda del suelo y la dejó apoyada al lado de la puerta, con los guantes encima, en el sitio donde la deja cada vez que vuelve de fuera.
—Ya sabéis por dónde se baja, y lo he marcado para que baje quien tenga que bajar. Yo por ahí no bajo otra vez, y no quiero que baje nadie.