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Relato · Del catálogo de Margen

Tacho el tercer puesto delante de la juez árbitro

Declaro que a las 12:41 taché el tercer puesto de la lista de meta con un rotulador rojo, delante de la juez árbitro, y que lo hice sabiendo que la entrega de premios era a las trece en punto. Me llamo Aníbal Sotoca, tengo cincuenta y cuatro años y llevo cronometrando carreras populares desde 1998: soy el que pone las alfombras, las conecta y firma los resultados. Sin esa firma, la federación no publica nada.

La prueba era la Media de Ledesma, veintiún kilómetros y noventa y siete metros, ochocientos doce dorsales. Pongo tres alfombras: una en la salida, una en el kilómetro doce y una en la meta. Una alfombra es una tira de goma con antenas dentro; cuando el corredor la pisa, el chip que lleva en el dorsal responde y el ordenador anota la hora con una centésima de precisión. No mide la velocidad ni el esfuerzo. Solo anota a qué hora pasó cada chip por cada sitio.

A las 12:33 cerré la ventana de llegadas y saqué el podio masculino para imprimirlo. Primero, Dani Sanchidrián, 1h09'12". Segundo, Iker Bermejo, 1h11'56". Tercero, Rubén Otazu, dorsal 214, 1h13'42".

Miré el parcial del tercero por costumbre, porque los parciales son lo primero que canto por megafonía. Rubén Otazu había pisado la alfombra del kilómetro doce a 58'11".

De ahí a meta hay nueve kilómetros y noventa y siete metros. Entre 58'11" y 1h13'42" hay quince minutos y treinta y un segundos. Lo hice tres veces en la calculadora del móvil porque no me lo creía: son nueve kilómetros a treinta y cinco kilómetros por hora. Un ciclista bien entrenado va a esa velocidad en llano. El récord del mundo de media maratón va a algo más de veintidós.

Y pensé en no decir nada. Lo pensé de verdad, los tres minutos que tardé en cruzar desde la furgoneta hasta la carpa: cerrar el fichero, cantar el podio y que el lunes lo mirara otro. He hecho cosas peores por llegar a casa antes.

Fui a buscar a Noelia Peñas, la juez árbitro que la federación designa para cada prueba. Es la que valida el recorrido, la que resuelve las reclamaciones y la que, al final del día, responde de que la carrera fue una carrera. Estaba en la carpa de la organización con el listado de premios y una caja de trofeos abierta.

—Tengo un problema con el tercero —le dije, y le puse el papel encima de la caja—. Sus parciales no se sostienen.

Lo leyó con las gafas en la punta de la nariz. Noelia lleva veinte años en esto y no necesitó que le explicara la aritmética.

—Puede haberse caído el chip y habérselo puesto otro —dijo.

—Entonces tampoco es suyo el tiempo.

—O puede que tu alfombra del doce lo cogiera tarde.

Eso sí lo tenía comprobado. La alfombra del kilómetro doce registró a setecientos noventa y un corredores esa mañana sin un solo hueco, y los parciales de los dos primeros y del cuarto cuadran con sus tiempos finales al segundo. Si mi alfombra fuera tarde, iría tarde para todos. Para pasar por una alfombra a 58'11" y por la siguiente a 1h13'42" hay que haber hecho nueve kilómetros en quince minutos y medio. Eso no lo hace nadie.

Se lo enseñé en la pantalla del portátil, que llevaba a la carpa debajo del brazo. La alfombra de meta guarda, además de la hora, la potencia con la que responde cada chip: se ve si el corredor pasó por el centro o por el borde. La del 214 era una lectura limpia, de las de pisar en medio. Y en el vídeo de meta, que grabo yo mismo con una cámara fija en el arco para resolver las llegadas apretadas, Rubén Otazu entra por la calle de la derecha a 1h13'42", solo, sin nadie a quince metros y con la cara de quien acaba de correr.

—Ya —dijo Noelia, y se quedó mirando la pantalla más rato del que hacía falta.

—Aníbal —dijo, y bajó la voz—, tengo al alcalde, la banda del pueblo y dos autobuses a las trece. Dame el podio, hacemos la foto y esto lo resolvemos el lunes con el comité. Nadie se va a morir por una copa.

—Si firmo esa lista, el lunes el comité tiene un acta firmada por mí diciendo que ese hombre corrió veintiún kilómetros.

—Una hoja de papel, Aníbal. Es lo que te estoy pidiendo.

—Firmo lo que mide mi máquina. Y mi máquina dice que entre las dos alfombras faltan nueve kilómetros.

Nos quedamos los dos mirando la caja de trofeos. Yo sabía lo que ella estaba pensando, porque a mí también se me pasó por la cabeza: Rubén Otazu tiene treinta y un años, es soldador en el polígono de Ledesma y corre con la camiseta del club de la fábrica. Le conozco de cinco o seis carreras. Se jugaba una copa de treinta euros y una foto en el grupo del pueblo.

También sabía el nombre del cuarto. Asier Larrañaga, 1h15'03", con un calambre en el gemelo desde el kilómetro quince. Lo tenía a treinta metros de la carpa, sentado en el bordillo, quitándose las zapatillas. Ese era el que se iba a ir a casa sin enterarse de que había quedado tercero.

Noelia miró el reloj de la carpa. Las 12:39.

—Si lo tachas, la entrega se hace igual a las trece —dijo—. Con la lista corregida, sin explicaciones por megafonía y sin que nadie hable con la prensa del pueblo hasta que yo hable con el comité. Y el lunes doy la cara yo delante del comité.

Cogió el papel, lo leyó otra vez y me lo devolvió.

—Táchalo tú. Es tu firma.

Saqué el rotulador rojo del bolsillo de la chaqueta y taché la línea del 214 delante de ella. Debajo escribí a mano los tres nombres corridos: Sanchidrián, Bermejo, Larrañaga. Puse la hora, 12:41, y mis iniciales al lado, que es como se corrige un acta cuando ya está impresa.

Noelia llamó a Rubén Otazu por megafonía, con su nombre y su dorsal, y lo esperó de pie. Vino andando despacio, con la medalla de finisher todavía puesta. Miró los dos números que ella le enseñaba y dijo lo único que dijo en toda la mañana: «La alfombra del doce estaba mal puesta». Se quitó la medalla, la dejó encima de la mesa y se fue hacia el aparcamiento.

A las 13:00 se entregaron los premios con la lista corregida. Asier Larrañaga subió al cajón del tercero sin saber por qué, porque nadie le explicó nada hasta después, y se quedó mirando la copa con cara de que se habían equivocado.

Yo no me quedé a la foto. Volví a la furgoneta, desconecté el portátil de la alfombra de meta y me llevé el fichero de parciales en bruto, el que no imprime nadie, con los setecientos noventa y un registros horarios del kilómetro doce. Lo copié en dos memorias distintas, metí una en el sobre del acta para el comité y la otra en la guantera. Luego recogí las tres alfombras, empezando por la del doce.