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Curiosidad · Del catálogo de Margen

33 hombres a 73 metros y nadie había subido nunca de ahí

08:40 del 23 de mayo de 1939, frente a las islas de Shoals, unos islotes a la altura de Portsmouth, en la costa de Nuevo Hampshire. El submarino Squalus, de la Marina de Estados Unidos, entregado menos de tres meses antes, empieza su decimonovena inmersión de pruebas. A bordo van cincuenta y nueve personas: cincuenta y seis marinos y tres civiles del arsenal de Portsmouth que suben a comprobar las máquinas. El mando lo lleva el teniente Oliver Naquin, treinta y cinco años. La maniobra que van a ensayar es la que cualquier submarino tendrá que hacer en guerra: pasar de superficie a inmersión en menos de un minuto.

Cinco minutos después. El tablero de control del puente da luz verde: todas las aberturas cerradas. No lo están. La válvula de inducción principal —el conducto de casi un metro de diámetro por el que los motores diésel chupan aire cuando el barco navega en superficie— no ha cerrado. El mar entra por ella a la sala de máquinas de popa a razón de toneladas por minuto. En el interior, el ruido es un golpe de aire comprimido que tapona los oídos.

Naquin ordena cerrar las puertas estancas. Las puertas se cierran contra los compañeros que están del otro lado. Los mamparos aíslan la popa inundada de la proa seca. Veintiséis hombres quedan detrás de esas puertas.

Diez minutos después. El Squalus se apoya en el fondo con la popa hundida en el limo. La profundidad es de unos doscientos cuarenta pies: setenta y tres metros. Hasta ese día, ninguna tripulación de ningún país había salido viva de un submarino hundido a esa cota. El pulmón de emergencia que la propia Marina repartía —una bolsa de respiración llamada pulmón Momsen— se había probado hasta unos doscientos siete pies, sesenta y tres metros, y siempre con hombres entrenados y descansados; los de abajo llevaban horas de frío y de aire viciado. Para setenta y tres metros no había ningún procedimiento escrito ni un solo antecedente.

Primera hora de la mañana, ya en el fondo. Los treinta y tres supervivientes están repartidos entre la sala de torpedos de proa y los compartimentos delanteros. Naquin manda disparar cohetes de señales, que salen a la superficie y se apagan, y suelta la boya de señales: un flotador unido al casco por un cable que lleva dentro una línea telefónica. Después ordena que nadie se mueva más de lo imprescindible, que se apaguen las luces y que se extienda cal sodada por el suelo. La cal sodada absorbe el dióxido de carbono que exhalan; cuanto menos se muevan, menos producen. Hace frío, y el frío va a aumentar toda la noche.

Mediodía del 23, a bordo del Sculpin. El submarino gemelo, que ha salido de Portsmouth a buscarlos, ve uno de los cohetes y luego la boya. Un marinero se descuelga, abre la tapa y descuelga el teléfono. Del otro lado contestan. La conversación dura lo que dura: al oficial del Sculpin le confirman que la popa está inundada, Naquin se pone al aparato, dice «Hello, Wilkin» y el cable se parte por el balanceo del mar. En ese medio minuto arriba han sabido que hay gente viva y dónde. Quien fija el punto para que no se pierda es el remolcador Penacook, arrastrando un rezón —el ancla de cuatro uñas que sirve para rastrear el fondo— hasta engancharse al casco.

Tarde del 23, en New London. Del arsenal de Connecticut zarpa el Falcon, un buque de salvamento con una grúa, una cámara de descompresión y, en cubierta, un aparato que nunca se ha usado en una emergencia real: la campana de rescate McCann. Es una campana de acero de diez toneladas, con forma de pera, dividida en dos compartimentos; se baja hasta la escotilla del submarino guiada por un cable que un buzo tiene que enganchar abajo, a mano, y se sella contra el aro de la escotilla soltando aire para expulsar el agua. Lleva el nombre del oficial que la terminó, Allan McCann, y parte de la idea de otro, Charles Momsen, apodado Swede, que lleva diez años insistiendo en que a un submarinista hundido se le puede ir a buscar. Momsen sube a bordo del Falcon para dirigir el buceo. El aparato ha funcionado en pruebas, con voluntarios y buen tiempo. En una emergencia, jamás.

Noche del 23 al 24. Dentro del Squalus la temperatura baja hasta rondar el punto de congelación. Los hombres se meten en las literas de dos en dos para conservar el calor, con mantas y ropa de faena mojada. Se habla poco porque hablar consume aire. Algunos rezan, algunos duermen. Naquin recorre los compartimentos cada cierto tiempo comprobando quién tirita y quién no, porque el que deja de tiritar es el que está peor.

Sobre las tres de la madrugada. En la superficie oyen golpes que suben por el agua y tardan un momento en entender que son morse. Es un suboficial del Squalus golpeando el casco con una llave inglesa. El mensaje que manda, y que quedó escrito en los partes de aquella noche, son cuatro palabras: «Condition satisfactory but cold». Durante las horas siguientes, esa llave y un martillo son el único teléfono que queda: los de abajo y los de arriba se hablan a golpes contra el acero.

Madrugada del 24 de mayo. El Falcon llega a la vertical y fondea cuatro anclas para quedarse inmóvil sobre el submarino. Empieza el trabajo de los buzos: bajar hasta la cubierta del submarino con escafandra de casco y traje de lona, con aire enviado desde la superficie por una manguera.

Media mañana del 24. El buzo Martin Sibitzky baja hasta la cubierta del Squalus, encuentra a tientas la escotilla de salida de proa y engancha el cable maestro al aro. Ese cable es todo el invento: la campana se arría por él como una cuenta que baja por un hilo, y llega a la escotilla exacta y no a la cubierta de al lado.

Mediodía del 24. La campana se descuelga del Falcon con dos hombres dentro. Baja despacio, se posa sobre la escotilla, sopla aire para expulsar el agua del compartimento inferior y crea un sello. Solo entonces se puede abrir la escotilla del submarino sin que entre el mar. Así salen los treinta y tres: sentados dentro de una campana de acero sellada sobre la escotilla, en tandas de siete a nueve, mientras desde el Falcon tiran del cable.

Tarde del 24. El primer viaje trae a siete hombres a la superficie. Llevaban más de un día en el fondo. El segundo viaje sube nueve. El tercero, nueve más: veinticinco en tres viajes que salen redondos. Quedan ocho abajo, con Naquin, que ha decidido ser el último en salir.

Noche del 24. El cuarto viaje es el que casi lo estropea todo. La campana carga a los ocho últimos y empieza a subir; a ciento sesenta pies —unos cincuenta metros— el cable de arriada se deshilacha y se atasca en el mecanismo. La campana tiene que volver a bajar hasta el submarino y quedarse ahí, con ocho hombres y dos operadores dentro, mientras arriba deciden qué hacer. No hay motor que la suba. Momsen ordena hacerlo a mano: los marineros del Falcon se ponen en fila y halan el cable palmo a palmo, relevándose.

Pasada la medianoche, ya 25 de mayo. La campana rompe la superficie con los ocho últimos. Treinta y tres hombres, cuatro viajes, ninguna baja en el rescate. Es el primer salvamento con éxito de una tripulación desde un submarino hundido en toda la historia de la navegación, y sigue siendo el patrón por el que se diseñan los aparatos de rescate de hoy.

Después. Los veintiséis de popa no pudieron ser recuperados hasta el reflotamiento. La Marina concedió la Medalla de Honor a cuatro buzos —William Badders, Orson Crandall, James McDonald y John Mihalowski—, los cuatro por el trabajo de aquellas horas. El Squalus fue izado del fondo el 13 de septiembre de 1939, remolcado a Portsmouth, reparado y devuelto al servicio con otro nombre, Sailfish, para que nadie tuviera que embarcar en un barco maldito; durante la guerra hundió a siete buques japoneses. Los marineros lo llamaron siempre Squailfish.