
En casa de mi abuela, el reloj de la cocina iba cinco minutos adelantado. Lo adelantó ella a propósito hace cuarenta años, «para ir con el mundo por delante», y toda la familia aprendió a restar: si el reloj decía las dos, eran las dos menos cinco. Hacer esa resta era, sin darnos cuenta, nuestra manera de estar en aquella cocina.
Cuando murió, en marzo, mi madre y yo fuimos a vaciar el piso. Hicimos cajas, descolgamos cortinas, regalamos la loza. El reloj seguía en su clavo, encima de la puerta. Miré el móvil por costumbre, para hacer la resta.
Marcaba la hora exacta.
Nadie lo había tocado. Le di la vuelta: el mismo polvo de siempre, la misma pila hinchada que llevaba años amenazando con rendirse. Mi madre dijo que las pilas viejas atrasan, que era cuestión de tiempo que las dos horas se encontraran. Seguramente.
Me lo llevé a casa, lo colgué encima de mi puerta y lo adelanté cinco minutos.