Por capítulos · El coche de la plaza 214 · Del catálogo de Margen
Benjamín Cardus ya ha comprado la furgoneta por 90 euros

Antes: Ruth averiguó que la retirada de la furgoneta en 2023 la pidió por teléfono un particular con el número de Frigoríficos Cardus.
A las once y veinte del sábado 4 de octubre, en la ventanilla del depósito municipal, a Ruth Anglada le quedaban 201 cartas por leer del expediente 214 antes del cierre y cinco días largos hasta que la grúa se llevara la furgoneta a la prensa. Veintidós años, tres semanas de contrato eventual, el rotulador rojo apoyado en el listado.
—Buenos días. Vengo por lo del coche de la plaza 214. —El hombre traía una carpeta finita bajo el brazo y una sonrisa educada. Llevaba camisa blanca y náuticos. Cincuenta y tantos—. Benjamín Cardus. Frigoríficos Cardus, aquí al lado del puerto, quizá lo conozca.
Ruth lo conocía. Lo había leído tres veces en tres papeles distintos: en la denuncia del 3 de julio de 2023, con el número de teléfono impreso en las cajas de pescado; en el ingreso a la cuenta de la madre de Aitana Pomares, once mil euros ordenante Frigoríficos Cardus, fechado el 11 de febrero de 2023; y en las etiquetas amarillas de los expositores de cualquier pescadería de Alicante. Cerró el expediente sin mirar y, para no parecer prevenida, dejó la mano encima.
—Dígame.
—Poca cosa, señorita. Es que llevo, con esta, la tercera vez que vengo. He hablado con Chelo, con Bruno, con la persona que estuviera. Solo quería confirmar por escrito que la 214 sale del depósito el día 9 y sé perfectamente adónde va. —Sonrió otra vez—. Es un coche embargado con una responsabilidad civil de 214.000 euros; nadie lo puede rescatar. Va a chatarra. La empresa que se lo lleva es la mía, o mejor dicho, la de mi cuñado, que se dedica.
Cardus abrió la carpeta y sacó una hoja. La puso encima del mostrador, del revés, y la giró con un solo dedo para que Ruth la leyera derecha.
Era un resguardo de subasta municipal de chatarra. Lote LT-2026-09, veintidós vehículos, adjudicación del 30 de septiembre. En la última línea, en negrita: «Lote adjudicado a Metálicas del Levante S. L., 1.980 euros, retirada 9 de octubre en depósito municipal, calle del Muelle 12». Ruth calculó por costumbre: 1.980 dividido entre 22 salían noventa exactos. Ni un céntimo más ni uno menos.
—Noventa euros el coche —dijo Cardus, sin subrayarlo—. Menos de lo que costó ponerle el cerrojo en 2023.
—El pago mensual del expediente 214/2023 sigue entrando, señor Cardus. Hoy también ha entrado, esta mañana, a las once y catorce. —Ruth no había mirado el ordenador; lo sabía porque la alerta le había sonado en el móvil dos veces mientras iba al baño. Pago 39, ochenta euros, ordenante en blanco.
—Los pagos se acaban el día 9 —dijo él, y ahora sí subrayó, con un dedo, la palabra retirada—. Ese día la grúa engancha el coche, sale del expediente y entra en el lote. Se lo dice el reglamento municipal, no yo. A partir del día 9, ese vehículo es un pedazo de metal, y quien pague ese metal se lo lleva.
—Ya. ¿Y qué necesita usted de mí?
—Necesito que sepa —Cardus bajó la voz un tono, ni amenazante ni cordial, exactamente la voz de un hombre que da instrucciones a un empleado nuevo— que si por alguna razón el coche no llegara a salir el día 9, o llegara con desperfectos, o si algún papel del expediente apareciera con letra distinta, la empresa de mi cuñado tendría que reclamar. Y quien reclama al Ayuntamiento, señorita, reclama a Bruno Pertegaz, jefe de operaciones del depósito. Y Bruno le está buscando un contrato indefinido a usted. Lo estuvimos hablando el jueves en la comida del Real Club Náutico.
Ruth no dijo nada. Cardus continuó.
—El chico confesó, ¿sabe? Óscar. El hermano de esa muchacha rubia que viene todos los meses a fotografiar la valla. Confesó porque era culpable, se echó encima de Encarna Sirera, y por eso está donde está. No es un capricho. Es una sentencia firme. Y esa furgoneta es de la responsabilidad civil, no de la familia. La familia no tiene ningún derecho a que aparezca ningún registro raro que la ponga otra vez en circulación como prueba, ni como reliquia, ni como nada. ¿Estamos?
—Estamos, señor Cardus.
—Perfecto. —Sonrió por tercera vez, plegó la carpeta y la volvió a meter debajo del brazo—. Fírmeme una copia sellada del resguardo, por favor. Que quede constancia de que se lo he traído.
Ruth cogió el sello, lo hundió despacio en el tampón y lo estampó dos veces: una en la copia de Cardus y otra en una fotocopia que hizo, sin pedir permiso, y guardó en el expediente 214/2023, entre la denuncia del 3 de julio y el ingreso del 11 de febrero.
Cardus se giró en la puerta.
—Ah, señorita. Ruth, ¿verdad? El día 9 estaré aquí a las nueve. Traigo un carro nuevo para llevarme algún objeto personal que hubiera dentro. Si hubiera algo, quiero decir. Ropa. Fotos. Cualquier cosa que no le interese al chatarrero. Ya me entiende.
—Le entiendo perfectamente, señor Cardus.
La puerta se cerró. Ruth cogió el móvil, marcó el número de Aitana Pomares, esperó dos tonos y colgó antes del tercero, que era la señal que habían acordado el martes para «no vengas hoy, ven mañana». Después abrió el expediente 214/2023 y, debajo del último pago, con el rotulador rojo, escribió una fila nueva: «04/10, 11:32, visita Benjamín Cardus, adjudicatario LT-2026-09, retirada 9/10. Copia sellada archivada».
Faltaban cinco días.