
El piso piloto de la esquina se enciende solo a las ocho. Detrás del cristal hay una mesa puesta para tres: sopera humeante de mentira, pan de plástico, una botella que nadie descorcha. Paso por delante cada noche al volver del trabajo y me sé el decorado de memoria.
En marzo, la sopera amaneció en el otro extremo de la mesa. En abril faltaba una silla, retirada como si alguien se hubiera levantado a por algo. En mayo había servilletas arrugadas junto a los platos. La inmobiliaria solo abre los sábados por la mañana; el polvo del felpudo lleva un año intacto.
Anoche la mesa estaba recogida. Quedaban tres tazas de café sobre el mantel y, en el cristal, por dentro, un vaho reciente a la altura de una boca.
Hoy han pegado el cartel de VENDIDO. Me pregunto quién se mudará. Y si alguien les dirá que en esa casa se cena a las ocho, y que la cena ya va por el café.